Una mirada detallada y amena al Monte-Carlo Country Club y al Masters 1000 que allí se juega, entre la realeza, la tradición y las hazañas de grandes tenistas a lo largo de casi un siglo.
Roquebrune-cap-Martin, Francia, es el escenario de un torneo único: el #Masters 1000 de Monte-Carlo, que se disputa en el Monte-Carlo Country Club, apenas a unos seis kilómetros de la frontera con Italia.
Este rincón entre dos países y el Mediterráneo es peculiar porque, pese a no estar dentro del territorio de Mónaco, su aura de lujo y su #historia están ligadas a la realeza y a la tradición del tenis.
Allí, en tierras que miran al mar y a las montañas, se escribe cada año una página diferente del circuito, y el paisaje de las canchas de polvo de ladrillo se siente como un museo vivo del deporte.
El Masters de Monte-Carlo es, dentro de los Masters 1000, el más glamoroso en cuanto a ambiente y relato, aunque no sea el más decisivo para el ranking.
Es el único del circuito que no es obligatorio para los grandes del top 10 y, además, su apertura apenas una semana después de Indian Wells y Miami provoca ausencias notables cada temporada.
En 2026, por ejemplo, nueve de los diez mejores del mundo se ausentaron y, según el entorno de Carlos Alcaraz, incluso su entrenador, Samuel López, comentó que si el murciano hubiese llegado más lejos en el Hard Rock, podría haberse bajado pese a defender 1.000 puntos para conservar el número 1. Este cóctel de calendario y glamour genera ese magnetismo especial que solo Monte-Carlo sabe explotar.
Pero lo más singular no es solo la competición, sino la experiencia de ver a una copa entregada por un príncipe o un miembro de la casa real. Ganar allí no es solo sumar un trofeo, es vivir una experiencia que, para cualquier tenista, puede convertirse en una de esas historias que se cuentan en los vestuarios durante años.
Y esa mística la han vivido tres argentinos a lo largo de la historia del torneo: Guillermo Vilas, Alberto Mancini y Guillermo Coria. Vilas es, sin duda, el más recordado para el público iberoamericano: alcanzó la final en 1980 y volvió a coronarse en 1982, un año en el que la ceremonia de entrega tuvo un sabor especial.
En 1982, Vilas recibió el trofeo de manos de la princesa Grace Kelly, un momento que quedó grabado en la memoria de los aficionados. Grace Kelly, la icónica actriz que se convirtió en parte de la realeza monegasca, representaba ese nexo entre la elegancia y el deporte que define al torneo.
Aquel año, además, la vida dio un giro para la familia real: apenas meses después, la princesa Grace Kelly falleció en un trágico accidente, dejando huella en la historia de #Mónaco y, por supuesto, en la memoria de quienes presenciaron aquella entrega.
Valencia acogerá el campeonato mundial de tenis Sub-16: Copa Davis Junior
Valencia será la sede del campeonato mundial de tenis Sub-16, la Copa Davis Junior, del 1 al 4 de agosto. Tres jugadores valencianos forman parte del equipo español. El torneo se llevará a cabo en el CM Valencia Tennis Center.Tampoco se puede olvidar el detalle anecdótico de Vilas, que en 1980 sorprendió con un rendimiento impresionante y, después de años de dominio, dejó una marca imborrable.
La historia del Monte-Carlo Country Club empezó mucho antes
La historia del Monte-Carlo Country Club empezó mucho antes, con una visión que cruzó el Atlántico. En 1906 se disputó la primera edición del torneo en la zona, y para la década de 1920 ya estaba claro que el #tenis necesitaba un escenario a la altura de su grandeza.
En 1925, la jugadora francesa Suzanne Lenglen ganó el torneo femenino, y ese triunfo dejó claro que el tenis tenía filiales de alto nivel además de los hombres.
El estadounidense George Butler, un magnate del tabaco que había hecho fortuna con Pall Mall, jugó un papel decisivo para convencer a la Casa de los Grimaldi y a SBM (la empresa que gestiona el casino y el enclave) de que hicieran falta un club nuevo y acorde con la nobleza.
El elegido fue Roquebrune-cap-Martin, junto a la ruta que une #Montecarlo con Menton. Se compró un terreno de 2.000 metros cuadrados y, con la ayuda de unos cuantos miles de trabajadores (cerca de 2.000) y más de 25.000 metros cúbicos de tierra movidos, nació un complejo que hoy alberga 20 canchas de tenis, con tres de ellas consideradas principales y que pueden transformarse en una sola gran infraestructura durante el torneo, como la pista Rainero III.
El montaje fue un esfuerzo titánico dirigido por el arquitecto francés Charles Letrosne, y la inauguración oficial llegó en febrero de 1928, con la presencia de la familia real de Mónaco y otras dinastías europeas.
A partir de entonces, el torneo adquirió su nombre definitivo y, con el tiempo, se convirtió en una cita fundamental para el tenis de élite y para la historia de la región.
Montecarlo es, así, pasado y presente entrelazados, y también un futuro que sigue vivo a pesar de las tensiones del calendario. Su atractivo no reside solo en la calidad de las pistas, sino en esa identidad que conserva, a través de décadas, la impronta de la realeza y la memoria de las grandes gestas.
Ser parte de este evento significa participar de una tradición que ha visto pasar a generaciones de tenisistas y a miles de aficionados que asisten para vivir, al menos por unos días, la sensación de estar al lado de la historia.
Por eso, cuando aparece la noticia de una nueva edición, la gente sabe que no es solo un torneo: es una experiencia que continúa escribiéndose en cada saque, en cada punto y en cada historia que se cruza en Roquebrune-cap-Martin.}
