Un estudio de McMaster University en Hamilton vincula la exposición prolongada a PM2.5 y NO2 con puntuaciones ligeramente más bajas en pruebas cognitivas entre 7.000 canadienses, subrayando la importancia de mantener limpio el aire.
No es solo un problema para tus pulmones. El aire contaminado puede tocar también la memoria y la velocidad de procesamiento mental, según un estudio reciente de la Universidad McMaster en Hamilton, Canadá.
Los investigadores siguieron a unas 7.000 personas durante años para entender si la exposición a contaminantes habituales afecta la salud del cerebro. Los hallazgos muestran que la exposición prolongada a dos contaminantes concretos se asocia con diferencias pequeñas, pero medibles, en la capacidad cognitiva.
Entre los contaminantes analizados estaban el material particulado fino, conocido como PM2.5, que suele estar en el humo de incendios, emisiones industriales y del tráfico, y el dióxido de nitrógeno, NO2, un gas presente en los gases de escape de los coches.
Los participantes fueron reclutados entre 2014 y 2018 y, en promedio, tenían 57 años; procedían de British Columbia, Alberta, Ontario, Quebec y Nueva Escocia.
Los científicos evaluaron la exposición a estos contaminantes durante los cinco años anteriores a las pruebas de cerebro, para ver si había una relación con el rendimiento cognitivo.
Para medir la función cerebral, los investigadores utilizaron dos pruebas clásicas: la Montreal Cognitive Assessment (MoCA) y la Digit Symbol Substitution Test (DSST).
La MoCA es un test corto que analiza memoria, atención, lenguaje, funciones ejecutivas y orientación; la DSST, por su parte, evalúa la velocidad de procesamiento y la capacidad para asociar números con símbolos.
El objetivo es ver «qué puede hacer el cerebro y con qué rapidez», como explica uno de los autores del estudio.
Los resultados mostraron que, en general, la exposición a ambos contaminantes estuvo asociada con puntuaciones algo más bajas en ambas pruebas. No se trata de un deterioro tan agudo que la gente lo note de golpe, pero sí de una caída que se puede medir de forma temprana. En palabras de los investigadores, son descensos pequeños, pero persistentes, que podrían acumularse a lo largo del tiempo si la exposición se mantiene.
En un contexto más amplio, los autores señalan que Canadá, a pesar de contar con uno de los aires más limpios del mundo, no es inmune a estos efectos.
En años recientes, incendios forestales provocados por el clima y otros factores han demandado esfuerzos para mantener las concentraciones de PM2.5 y NO2 bajo control. Esta realidad recuerda que las mejoras en la calidad del aire deben seguir siendo una prioridad pública, no solo por la salud de los pulmones, sino también por la del cerebro.
¿Qué se puede hacer para reducir la exposición diaria? Los especialistas recomiendan consultar los avisos de calidad del aire, ventilar bien los espacios interiores y limitar la exposición a NO2 y partículas finas cuando las condiciones sean adversas.
En casa, conviene limpiar con regularidad y ventilar, y, en la medida de lo posible, usar sistemas de filtración con filtros HEPA. En los desplazamientos, intentar reducir el tiempo al volante en zonas con alta congestión y evitar estancias prolongadas en interiores mal ventilados cerca de fuentes de emisión.
La investigación forma parte de la iniciativa Canadian Alliance for Healthy Hearts and Minds, con financiamiento de la Canadian Partnership Against Cancer, la Heart and Stroke Foundation y los Canadian Institutes of Health Research.
Los autores subrayan que se requieren estudios de seguimiento para entender mejor si mejorar la calidad del aire puede frenar o revertir este tipo de deterioro cognitivo a largo plazo.
Además, estos hallazgos se suman a un debate científico que ya señala que el cerebro, como otros órganos, sufre cuando el aire que respiramos no es limpio, y que la protección de la salud cerebral debe acompañar a la de los pulmones en las políticas de salud pública.