Relato en primera persona de una mujer de Ottawa que depende de su perro de servicio para afrontar ataques de pánico y sensaciones de indisposición. Explica por qué distraer a estos animales puede poner en riesgo su seguridad y qué deberían hacer los demás para apoyar, no entorpecer, a quien los acompaña.
Vivo en Ottawa y llevo cuatro años junto a Geneva, mi perro de servicio. Él me acompaña en todas partes y su arnés está claro: dice “perro de servicio” y “no distraer”. Eso ya es un aviso para quienes ven a un animal trabajando: está, antes que nada, para ayudar, no para ser mascota de nadie. Cada salida al supermercado, a un concierto o a un paseo urbano puede convertirse en un reto enorme por la sobreestimulación: luces brillantes, pasillos estrechos y un tráfico de sonidos que me sacude el equilibrio.
Mis discapacidades se manifiestan con ataques de pánico, mareos y una sensación general de que el mundo se acelera de golpe. Por eso Geneva no es solo una ayuda, es mi movilidad y mi tranquilidad allí donde voy.
Llevo auriculares con cancelación de ruido para suavizar el ruido ambiental, y aun así la presencia de Geneva me da una especie de ancla: su peso contra mi cuerpo cuando se apoya en mí durante una crisis me ayuda a estabilizarme.
Es un recordatorio tangible de que no estoy sola. Cuando alguien se aproxima para acariciar a mi perro, normalmente me esfuerzo por mantener la calma y digo, con la voz más firme que puedo, “por favor no lo acaricies.
Está trabajando” y sigo con mi compra o mi paseo.
No siempre sale bien. Hace un año, en un supermercado, ya había pedido a una desconocida que no lo tocase. Al enderezarme tras agacharme para tomar un artículo, la persona apareció detrás de mí con un tono furioso y me lanzó un reproche: que estaba siendo irrespetuosa y que “no tenía derecho a tratar así a un amante de los perros”.
Fue un momento aterrador. Me quedé sin aliento, temblando, y tuve que soltar las herramientas de mi compra para salir del pasillo. Me retiré a un rincón tranquilo y me senté en el suelo, con Geneva acostado sobre mis piernas para ejercer esa presión que él utiliza para calmar mi sistema nervioso.
Pasaron unos 30 minutos hasta que volví a sentirme estable. El resto de la salida lo hice con cautela y miedo a cruzarme de nuevo con esa persona.
A pesar de ese episodio, Geneva ha cambiado mi vida para bien. Gracias a su entrenamiento y a nuestra constancia, puedo asistir a conciertos, explorar la ciudad y estar al aire libre de maneras que antes me parecían inalcanzables.
La formación continua es clave: los dos participamos en eventos para mantener las habilidades en plena forma, y cada progreso, por pequeño que parezca, me devuelve una parte de mi independencia.
Pero las interacciones negativas pueden hacer que el mundo siga siendo un lugar difícil. Cuando alguien intenta distraerlo o me habla en un tono despectivo, no es solo una cuestión de educación: me puede provocar un ataque o hacer que Geneva se mueva de forma inesperada, lo que podría hacer que yo caiga o sufra una caída.
Si estas distracciones se repiten, pueden afectar la capacidad de Geneva para realizar sus tareas críticas.
A veces, las cosas salen de manera distinta: un empleado del supermercado se acercó después de aquel incidente para ofrecerme agua, un gesto pequeño pero sanador en medio del cansancio emocional.
Eso demuestra que hay gente que entiende que Geneva es una de las mejores cosas que me han pasado, incluso si yo soy quien tiene que proteger mi propio límite y mi seguridad.
Para quien vea a un perro de servicio en público: lo más útil es ignorarlo. Es mejor admirarlo a distancia o, si se quiere, elogiar al guía o al equipo que está a cargo, no al animal. Yo no dejo de decirle a Geneva que es un “buen chico” durante todo el día; él se merece ese reconocimiento y yo también la tranquilidad que me da su presencia.
Historias como la mía muestran que los perros de servicio no solo asisten, también salvaguardan la autonomía diaria de las personas con discapacidad.
Su trabajo es invisible para muchos hasta que sucede una crisis; entonces se vuelve fundamental entender que distraer a estos animales no es un simple gesto de curiosidad, sino un riesgo real para la seguridad y la salud de quien depende de ellos.
Nota histórica: los perros de servicio tienen una trayectoria que se remonta a las primeras iniciativas de entrenamiento de perros guías para personas ciegas en el siglo XX.
Con el tiempo, su uso se ha ampliado a apoyar trastornos de ansiedad, autismo y otras condiciones. En Canadá, existen protocolos de entrenamiento y normas para asegurar que estos perros mantengan sus tareas sin interrupciones, y las comunidades están cada vez más sensibilizadas sobre la importancia de respetar su labor.
Mi experiencia personal es apenas una muestra de lo que cambia cuando hay empatía y responsabilidad compartida. Si nuestras ciudades aprendieran a poner el foco en apoyar a las personas que conviven con estas herramientas de ayuda, la convivencia sería mucho más humana para todos.