Un pasillo de Pompeya guarda cientos de inscripciones de vecinos de la ciudad anterior a la erupción. Un equipo internacional, usando imágenes digitales de última generación, las trae de nuevo a la vida y descubre mensajes y escenas de la vida cotidiana de hace 2.000 años.
En Pompeya, un pasillo estrecho que conectaba dos teatros guarda hoy en día algunas de las trazas más reveladoras de cómo vivían sus habitantes hace casi 2.000 años. Las paredes, cubiertas de signos que parecían simples garabatos, guardaban mensajes de broma, insultos entre rivales, confesiones de amor y dibujos subidos de tono que los residentes tallaban para dejar huella.
Pero hasta ahora eran casi ilegibles. Un equipo internacional ha conseguido, con una técnica muy moderna, que esas palabras y escenas salgan a la luz con una claridad asombrosa.
El proyecto, bautizado Bruits de couloir (Susurros del pasillo), está coordinado por Louis Autin y Éloïse Letellier-Taillefer de la Sorbonne, y cuenta con la colaboración de Marie-Adeline Le Guennec, profesora de historia romana en la Université du Québec à Montréal.
La chispa vino cuando Letellier-Taillefer, arqueóloga especializada en los teatros de Pompeya, comentó a Le Guennec lo sorprendía la cantidad de grafitis que se conservaban en ese pasillo.
Le Guennec, que acababa de terminar su tesis sobre los hostales de la Roma antigua, vio paralelismos entre esos grabados y los de la vida cotidiana de gente trabajadora.
Decidieron, pues, estudiar el grafiti como forma de comunicación popular.
Tras dos campañas de campo, en 2022 y 2025, el equipo ha logrado revisar de manera integral unas 300 inscripciones y descubrir 79 nuevos textos que antes estaban al borde de la desaparición, entre ellos una declaración de amor casi perdida dirigida a alguien llamado Erato.
El hallazgo es especialmente sugerente: Erato era una de las musas asociadas con el amor en la mitología grecoromana, y, en la Pompeya de entonces, también podía usarse como un apodo para referirse a la persona amada.
“La inscripción de Erato está fragmentaria, así que no sabemos quién la quiere, pero el nombre muestra el tipo de intimidad que se compartía entre vecinos, incluso en condiciones de clase y familia muy diferentes”, explica Le Guennec.
¿Cómo han conseguido aquello? Con una técnica de imagen digital muy concreta llamada Reflectance Transformation Imaging, o RTI. En pocas palabras, se toman docenas de fotos de la misma superficie con luces que cambian de dirección. Un ordenador transforma esas sombras en un modelo 3D de la pared y permite “movar” la luz virtualmente para hacer emerger las inscripciones apenas perceptibles a simple vista.
El resultado es una lectura mucho más fiable de las letras diminutas y de los dibujos que, de otro modo, se perdían entre la suciedad y el desgaste del tiempo.
La lectura de estos grafitis no solo revela textos: también es un retrato del día a día en Pompeya. Los investigadores han visto escenas de combate de gladiadores, retratos, figuras de animales, barcos y, por supuesto, el famoso falo, símbolo de prosperidad y fecundidad en la cultura romana.
“En Roma, estos símbolos no eran solo provocativos: cumplían funciones sociales y económicas”, comenta Le Guennec. Las inscripciones también dejan ver que las mujeres participaban en la escritura, pero rara vez aparecen como autoras en tributos póstumos, lo que ya señala, de forma sutil, las limitaciones de acceso a la educación para ellas.
El pasillo, que conectaba el Teatro Grande con un Odeón más pequeño, servía de paso a espectadores, comerciantes, soldados y a personas sometidas a la esclavitud, que apoyaban su vida diaria en las paredes para dejar constancia de lo que estaban viviendo.
“Pompeya estaba más cerca de la costa hace 2.000 años, con barcos que entraban y salían de su puerto; lo que la gente veía, lo dibujaba”, señala la arqueóloga jefe del parque, Gabriel Zuchtriegel.
En ese sentido, las imágenes de graffiti se convierten en una especie de mapa humano de la ciudad, algo que los textos más solemnes o las grandes vitrinas de lujo no muestran.
Aunque los investigadores no han utilizado inteligencia artificial para analizar el pasillo, sí han experimentado con herramientas de IA en otros contextos del propio parque para reconstruir imágenes de personas ante la erupción, como alguien que intenta protegerse la cabeza con un cuenco de terracota.
Esto abre la puerta a futuras recreaciones digitales de escenas que antes solo existían entre las líneas de las inscripciones. “Estoy deseando ver cómo estas grafitis pueden cobrar vida con IA”, admite Scarpati, arqueólogo que trabaja en el lugar.
La propuesta de Bruits de couloir es más ambiciosa aún: este año prevén lanzar una plataforma digital pública que combine fotogrametría del pasillo con los datos RTI de alta resolución y todo el registro epigráfico.
Cualquier persona con una pantalla podrá “entrar” en el pasillo antiguo y acercar la oreja a sus susurros de hace 2.000 años. En total, el sitio de Pompeya suma ya más de 10.000 grafitis registrados, una cifra que los investigadores creen que seguirá creciendo a medida que estas técnicas modernizan la pada de la arqueología.
En definitiva, este proyecto no solo rescata palabras y dibujos perdidos: ayuda a entender mejor qué clase de mundo vivía la gente común de Pompeya, qué apreciaban, a quién querían y cómo se divertían.
Es una ventana íntima que, gracias a la tecnología, se abre de nuevo para lectores de hoy que buscan comprender un pasado que, a veces, parece más cercano de lo que parece.