Latvia y Canadá integran por primera vez drones terrestres en un gran ejercicio de la OTAN, aplicando lecciones de Ucrania y en medio de una crisis política provocada por un fallo en un dron. El despliegue apunta a una transformación de la guerra futura, con vehículos sin conductor que operan sobre el terreno.

Letonia se convierte en el escenario de Crystal Arrow 2026, un importante ejercicio de la OTAN en el que tropas de Letonia y Canadá están probando vehículos no tripulados que se desplazan por tierra.

No son drones que vuelan, son robots sobre ruedas o sobre orugas, con capacidades para hacer inteligencia, ejecutar efectos cinéticos, reabastecer a las tropas y evacuar a heridos.

Esta vez, las lecciones vienen directamente de Ucrania: los participantes han recogido ideas de soldados ucranianos y de empresas tecnológicas para adaptar la guerra del siglo XXI al terreno, y la tecnología sin piloto está siendo integrada de forma más evidente en las operaciones reales.

Aproximadamente 2.500 soldados, entre ellos profesionales canadienses, y unas 500 piezas de equipo toman parte en el ejercicio, que se mantiene abierto hasta el 15 de mayo.

El Batallón de Infantería Mecanizada II, conocido en Letonia como el Batallón de Hierro, lidera junto a una brigada multinacional liderada por Canadá.

La idea es ver cómo encajan estos vehículos terrestres no tripulados en una estructura de mando que tradicionalmente ha priorizado unidades humanas y cadenas de decisión fijas.

En la práctica, los drones terrestres se usan para reconocimiento sin exponer a los soldados, para apoyar misiones cinéticas y para operaciones logísticas.

“Estoy convencido de que estos sistemas no sustituyen a las personas, pero sí permiten hacer tareas de reconocimiento sin poner en riesgo a la gente; y, a la larga, son más baratos que perder vidas humanas”, afirma el teniente coronel Andris Bruveris, comandante del segundo batallón mecanizado de Letonia.

Bruveris explica que estas plataformas van desde aparatos de juego de niños a sistemas más grandes, y que su empleo abarca desde la observación hasta la entrega de suministros y la evacuación de heridos.

El escenario de entrenamiento, en el recinto de Sēlija, es tan aislado que el equipo de guerra electrónica que se emplea allí para bloquear interferencias no afecta a la población civil.

Mientras tanto, el giro político en Latvia no es menor: la semana pasada, un ataque con drones ucranianos que falló en una misión sobre Rusia y terminó golpeando un depósito de petróleo letón desencadenó una crisis interna de gran magnitud.

El primer ministro pidió la dimisión del ministro de Defensa, Andris Sprūds, y provocó un debate nacional sobre si la respuesta anti-drones llegó tarde.

Zelenski, por su parte, afirmó que drones —tanto aéreos como terrestres— participaron en una ofensiva localizada para retomar una posición sin intervención humana, lo que ha alimentado el debate sobre el umbral de la autonomía en el combate moderno y ha sido recibido con escepticismo por algunos analistas que recuerdan que la tecnología rara vez funciona de forma perfecta en el mundo real.

En respuesta a la crisis, el ministro de Defensa de Canadá, y otros aliados, han subrayado que la integración de sistemas no tripulados debe ir acompañada de mejoras en las defensas y en la comprensión de las cadenas de mando.

Claudio Palestini, responsable de adopción de tecnología e innovación en la OTAN, señaló que, aunque no puede comentar casos concretos, la Alianza está llevando a cabo una serie de pruebas para reforzar la red de interceptores y la resiliencia en todos los dominios.

En paralelo, Canadá ha comenzado a desplegar sistemas anti-drones en sus principales puertos y bases aéreas como parte de una actualización para cubrir la amenaza de sistemas no tripulados.

Expertos como Mubin Sheikh, de la empresa CTRL, señalan que estamos ante la evolución de una “nueva realidad” en la guerra: no solo drones, sino también vehículos terrestres y submarinos no tripulados, que podrían convertirse en actores clave del campo de batalla.

Rusia no ha reconocido haber sabotado deliberadamente los drones ucranianos, pero la disputa deja claro que la guerra electrónica y las capacidades de neutralización de sistemas se han convertido en un componente tan importante como la fuerza de combate tradicional.

El incidente en Letonia, más allá de su impacto estratégico inmediato, sirve como advertencia de que la automatización puede ser manipulado para fines políticos y de propaganda, algo que ya ha marcado discusiones sobre políticas de defensa en la región báltica.

Las autoridades de la Alianza apuntan a un refuerzo de la defensa aérea y de la ciberseguridad para evitar que errores o interferencias desequilibren la seguridad de los países aliados.

En suma, Crystal Arrow 2026 no es solo un ejercicio; es un laboratorio para ver qué tan rápido cambia la guerra cuando el terreno se llena de máquinas que actúan sin necesidad de estar físicamente en la línea del frente.

El tránsito hacia una guerra más automatizada ya no es teoría: se está probando en Letonia, ante la mirada de toda la OTAN, y con una pregunta central que permanece en el aire: ¿cuánto automatismo es aceptable y a qué costo humano?