Análisis en clave española sobre por qué las restricciones de Irán no eran solo técnicas y cómo la guerra podría haber alterado el cálculo de sus líderes, acercando más a Irán a la posibilidad de obtener un arma nuclear. Contexto histórico y voces de expertos para entender la situación.

La conversación sobre Irán y su programa nuclear no siempre ha girado en torno a cifras técnicas. De hecho, varios científicos y analistas que trabajaron en esfuerzos pasados para contener o sancionar al país sostienen que el ‘¿cuánto’ de enriquecimiento no era la única pieza del rompecabezas, sino que gran parte de la contención dependía de un cálculo político y diplomático.

Y con la guerra que ahora se disputa en la región, ese cálculo ha cambiado de forma perceptible.

Antes de la escalada bélica, lo que limitaba a Irán no era solo su capacidad de enriquecer uranio, sino la sensación de qué costaría enfrentar una respuesta internacional si decidía seguir por ese camino.

Dos autoridades en armas nucleares, involucradas en esfuerzos de contención de Estados Unidos, señalan que el miedo no residía únicamente en obtener una mayor pureza de uranio, sino en cómo reaccionaría la comunidad internacional ante cualquier paso hacia un arma.

Esa visión, dicen, quedó desbordada por los hechos de la guerra.

Una de las ideas clave que repiten los expertos es el concepto de “tiempo de ruptura” o breakout time: cuanto tardaría Irán en pasar de materiales ya obtenidos a un arma lista para usar.

Antes, algunos cálculos apuntaban a que si Irán mantenía un enriquecimiento alto, por ejemplo alrededor del 60%, podría generar una bomba en un periodo relativamente corto si decidiera acelerar.

En esa línea, se enfatiza que no es necesario alcanzar los niveles de enriquecimiento vistos en las potencias nucleares para plantear una amenaza seria: incluso cantidades de uranio enriquecido al 60%, si se tratan de forma adecuada, pueden impulsar un dispositivo de tamaño considerable.

El debate sobre el 60% es más político que puramente técnico. El material enriquecido a ese nivel representa ya un stock vulnerable a convertirse en arma, y los expertos creen que, desde una perspectiva de seguridad, la “ventana” de oportunidad podría cerrarse más rápido de lo que se piensa si no se logra contener el impulso de enriquimiento.

En palabras de una física experta en proliferación, el salto de 3.67% a 10% ya implica mucho más esfuerzo que avanzar de 10% a 60%, y de 60% a 90% puede requerir un esfuerzo aún mayor; sin embargo, Irán ya se encontraba en una posición que le permitía moverse con menos restricciones que antes.

Los análisis señalan que la posibilidad de convertir ese material existente en un arma efectiva depende menos de un diseño radical que de un esquema relativamente sencillo: un diseño de cañón, similar al utilizado en Hiroshima, podría ser suficiente para producir una explosión y una masa crítica con la cantidad de material que ya tienen.

Eso no significa que construir una bomba fuese inevitable, pero sí que el riesgo estaba ahí, y que el marco de disuasión diplomática, que tanto había trabajado para limitarlo, podría haber perdido fuerza ante una realidad de conflicto directo.

Por otro lado, la acción militar que ha golpeado instalaciones iraníes no parece haber eliminado de forma definitiva su capacidad de proseguir con enriquecimiento.

Los analistas señalan que incluso si se destruyeran centrifugadoras, la clave está en el material ya existente y en la capacidad de Irán para volver a producirlo.

En ese sentido, la destrucción física podría ralentizar, pero no necesariamente detener, el camino hacia mayores niveles de enriquecimiento, a menos que se anulen también las existencias y se impida el acceso a nuevas reservas.

En este marco, algunos expertos advierten que el uso de tropas terrestres para “resolver” la cuestión nuclear no solo sería ineficaz, sino que podría empujar al régimen iraní a reforzar su compromiso con el programa.

Si la estrategia es evitar que Irán alcance capacidades de alta envergadura, un conflicto directo podría, paradójicamente, acelerar la decisión de continuar desarrollando capacidades nucleares, en lugar de desmontarlas.

A nivel histórico, Irán ha llevado un camino marcado por altibajos técnicos y políticos. El programa Amad, que operó entre 1989 y 2003, mostró un intento de mantener una reserva de conocimientos y personal científico para futuras negociaciones, incluso cuando hubo esfuerzos internacionales para limitarlo.

Con el JCPOA, Irán aceptó limitaciones y contención a cambio de alivio de sanciones; la retirada de Estados Unidos en 2018 reabrió las tensiones y, desde entonces, la diplomacia ha visto momentos de intento de salvaguardar el acuerdo frente a la presión de diferentes actores regionales y globales.

Si el régimen iraní logra sobrevivir a este episodio, los especialistas no esperan que una simple intervención militar negocie la desaparición de su programa.

El consenso es que la cuestión es compleja: la seguridad y la diplomacia, combinadas con la vigilancia internacional y la capacidad de respuesta, pueden ayudar a frenar la proliferación, pero no garantizan una eliminación total de la amenaza.

En ese sentido, la idea de que la capacidad técnica es el único factor relevante queda desbordada por la realidad: la política, las alianzas y las decisiones estratégicas de las grandes potencias condicionan, de forma decisiva, el rumbo del programa.

Este análisis, que recoge la visión de científicos y expertos que han trabajado en contención y control de proliferación, sugiere que el marco actual tras la escalada bélica podría exigir una revisión de las prioridades: más vigilancia, más cooperación internacional y, sobre todo, una estrategia que no dependa exclusivamente de ataques militares para evitar que Irán desarrolle un arma nuclear.

La historia reciente de la región ya ha mostrado que las soluciones fáciles no suelen existir en estos temas; la disuasión y la diplomacia siguen siendo las herramientas clave para evitar una proliferación que podría tener consecuencias globales.