Un estudio reciente sugiere que el señuelo bioluminiscente del pez rape sirve para cazar y, además, para atraer a machos solos en las profundidades, revelando una estrategia de apareamiento impulsada por la luz.

En las profundidades del océano, una criatura que llama la atención por su aspecto y por su extraño modo de aparearse es el pez rape, famoso por su señuelo luminoso que cuelga desde la cabeza.

Hasta hoy, los científicos sabían que ese señuelo sirve para atraer a las presas; pero un estudio reciente añade un giro: podría funcionar también como faro para machos solitarios que buscan pareja en la oscuridad total.

El artículo, publicado en Ichthyology and Herpetology y liderado por el biólogo Alex Maile, se apoya en un análisis de ADN de más de 100 ejemplares preservados en museos, para reconstruir la evolución de estos señuelos y entender por qué existen tantas variantes.

Según los autores, la señal lumínica no es solo un señuelo para comer: puede haber favorecido la reproducción en un entorno donde la oscuridad es total.

Según el equipo, el primer señuelo habría surgido en un ancestro común hace unos 72 millones de años. Entre hace unos 23 y 34 millones de años, varias especies de aguas profundas desarrollaron señuelos bioluminiscentes. A partir de ese periodo se produjo una explosión de diversidad: la bioluminiscencia y las señales químicas habrían permitido que los machos encontraran a las hembras en las aguas frías y oscuras, aumentando las probabilidades de apareamiento.

Maile, quien es candidato a doctorado en la Universidad de Kansas, destaca que los machos de estos peces pueden ser miles de veces más pequeños que las hembras y carecen de un señuelo propio.

Cuando alcanzan la madurez sexual, su objetivo es claro: localizar una hembra y asegurarse de que habrá cría. Hasta cierto punto, el tamaño de los machos y su necesidad de apareamiento en un marco temporal restringido los empuja a buscar a la hembra sin comer durante ese periodo.

Al localizarla, se adhieren a ella mordiendo su piel; sus tejidos y sistemas circulatorios se fusionan con los de la hembra, de modo que el macho aporta semen de forma continua a lo largo de su vida, mientras la hembra continúa con la vida reproductiva.

La investigación sugiere que el señuelo del pez rape podría haber surgido como una modificación de la aleta dorsal que se transforma en una lámpara, y que la función de atraer a las presas y la de atraer parejas puede haber coexistido desde etapas tempranas de su evolución.

Maile comenta que el pez es “como la belleza y la bestia” en un mismo animal: deslumbrante y aterrador a la vez, y que esa dualidad podría estar detrás de su éxito evolutivo.

Love, un biólogo marino que no participó en el estudio, señala que la idea de un señuelo con doble función desafía la sabiduría establecida, y que es estupendo que la ciencia siga buscando enfoques nuevos para viejos conceptos.

La investigación también muestra que no todas las lámparas de los peces de las profundidades sirven para el apareamiento. Hay otros peces lumínicos, como los peces linterna y dragonfish, que también usan la bioluminiscencia para coquetear o para localizar a sus congéneres.

En el dragonfish, por ejemplo, se ha propuesto que los machos evolucionaron a tener ojos más grandes para detectar con mayor precisión las señales luminosas de las hembras.

En conjunto, estas observaciones subrayan que la luz en las sombras del océano profundo ha sido una fuerza poderosa en la evolución de la reproducción y la diversidad marina.

Este hallazgo no solo reescribe una parte de la biología de los anglerfish, sino que añade capas de complejidad a cómo entendemos la vida en las profundidades: en un mundo sin luz, la inteligencia de la persuasión, ya sea para capturar o para aparear, puede depender de una simple chispa brillante que conecta dos mundos.