Una joven de Guelph estudia cómo ven el color las ardillas y, tras un experimento en su jardín, es parte de la Canada-Wide Science Fair en Edmonton. Su trabajo desafía ideas previas sobre la visión de color y podría tener usos prácticos en conservación y educación.
Kira Egete, una estudiante de 15 años en el grado 10 de la Our Lady of Lourdes Catholic High School, en Guelph (Ontario), convirtió una curiosidad familiar en un proyecto científico que ya la lleva a competir por todo Canadá.
Su trabajo examina cómo las ardillas perciben el color y, gracias a ello, ha sido aceptada en la Canada-Wide Science Fair, que se celebrará en Edmonton a finales de este mes y reunirá a unas 400 jóvenes de todo el país.
La historia de este proyecto empieza en casa. La familia de Kira, que llegó a Canadá desde Serbia en 2014, siempre ha sentido una gran fascinación por las ardillas. En Serbia no abundan estos animalitos, y esa obsesión se convirtió en un motor para investigar, por qué no, con rigor y método. Kira cuenta que lo que comenzó como una tarea de clase se ha transformado en un compromiso serio con la ciencia.
La pregunta central del estudio es sencilla, pero el tema es complejo: ¿cómo ven el mundo las ardillas? Se sabe que, al igual que otros mamíferos, su visión es dicromática, lo que significa que distinguen ciertos colores pero no todos de la misma forma que los humanos.
La hipótesis de partida de Kira era que las ardillas podrían sentirse más atraídas por colores como el azul y el amarillo, a semejanza de lo que se ha observado en algunos perros.
Pero los datos que recogió le dieron una sorpresa: las ardillas mostraron preferencia por el rojo y el amarillo, y menos interés por el gris.
Para demostrarlo, Kira convirtió su patio trasero en un laboratorio de verdad. Preparó cinco macetas idénticas, cada una con un color distinto (rojo, amarillo, verde, azul y gris), y ajustó el brillo de cada una para que la luminosidad no influenciara los resultados.
En cada maceta colocó una cacahuete y, para eliminar cualquier pista olfativa, aplicó un sellante para que no hubiera diferencias entre macetas. El experimento fue grabado con una cámara GoPro mientras las ardillas se acercaban una y otra vez a las macetas durante sesiones de una hora. En total realizó 64 pruebas, pero solo 50 fueron válidas porque las demás no atrajeron a ningún animal.
El análisis mostró, con sorpresa para la autora, que las ardillas tendían a acercarse más a los colores cálidos que a los fríos. Este hallazgo rompe con la idea de que la preferencia por colores cálidos es exclusiva de otros mamíferos o de perros, y abre la puerta a nuevas interpretaciones sobre por qué ciertos tonos pueden ser más atractivos para las ardillas.
Kira incluso se pregunta si, fuera de la investigación, estos colores podrían usarse para facilitar la participación de las ardillas en entornos educativos o para disuadirlas de comederos de aves, aplicando lo aprendido de forma responsable y ética.
Tras completar su estudio, la joven presentó el proyecto en la feria escolar de su colegio. Allí fue reconocida por su dedicación y curiosidad. De la feria escolar pasaron al evento regional Waterloo-Wellington, donde, entre otros, logró avanzar a la Canada-Wide Science Fair. Ella recuerda haber sentido nerviosidad al inicio, pero los jueces le hicieron preguntas y destacaron la buena ejecución de su trabajo. Hoy se prepara para Edmonton con la idea clara de que la ciencia no solo es una asignatura, sino una forma de mirar el mundo.
La Canada-Wide Science Fair es una de las ferias juveniles más grandes de Canadá, un escaparate para jóvenes talentos que buscan becas, premios y la oportunidad de conectar con pares y mentores.
Para Kira, participar en Edmonton significa también descubrir nuevas ciudades, culturas y, sobre todo, ampliar su visión sobre qué rutas seguir en el ámbito STEM.
Ella cita la ingeniería o la medicina como posibles destinos, aunque la educación y el emprendimiento también la intrigan. Su historia demuestra que una idea que nace en un patio puede convertirse en una experiencia que cambie un proyecto de vida.
Más allá de la curiosidad científica, este caso ilustra cómo las familias que emigran a Canadá a menudo llevan consigo tradiciones y pasiones que, rehacidas en el nuevo entorno, pueden convertirse en motores de aprendizaje para los jóvenes.
Si algo queda claro, es que la ciencia también se aprende haciendo, registrando, y compartiendo resultados, paso a paso.
En resumen, Kira Egete no solo va a Edmonton para competir; va a seguir explorando el mundo con esa mezcla de curiosidad, rigor y ganas de aprender que define a la ciencia joven.
Y, como ocurre en estas historias, es probable que este viaje recién esté abriendo una trayectoria que podría inspirar a otros estudiantes a mirar al mundo con lentes diferentes y a preguntarse por qué suceden las cosas que observan cada día.