Un estudio revisa miles de cuadernos de navegación de balleneros de los siglos XVIII y XIX para entender el alcance de la caza de bowhead y por qué hoy existen refugios que permiten la recuperación de algunas poblaciones, mientras otras siguen en riesgo.

Una investigación reciente toma miles de cuadernos de balleneros de los siglos XVIII y XIX para mostrar no solo cuán extendida fue la caza de las ballenas bowhead, sino también por qué algunas poblaciones modernas logran sobrevivir mejor que otras.

Los científicos han usado estos diarios antiguos para trazar, con mapas y datos, la escala de la caza y entender qué lugares sirvieron de refugio o de cuello de botella para las ballenas en el Ártico.

El resultado, publicado en una revista científica de prestigio, no solo reconstruye una parte brutal de la historia de la caza comercial, sino que también ofrece claves sobre la resiliencia de estas ballenas frente a amenazas actuales.

El trabajo se apoya en decenas de miles de entradas que los balleneros iban anotando en sus libretas: fechas, lugares, longitudes y latitudes, tamaños de los animales, e incluso comentarios sobre el manejo de la carne y la grasa.

Mucho más que simples notas de viaje, estos registros permiten trazar el mapa de un comercio que, en su momento, movía economías enteras. Como recuerda Matthew Ayre, historiador y coautor del estudio, durante siglos existía una demanda tan grande que, en determinadas épocas, parecía que cada farola de Londres se iluminaba con aceite de ballena.

Ese consumo no solo alimentaba la iluminación y la industria, sino que también daba motivo para salir al mar una y otra vez.

Entre los hallazgos históricos destaca lo siguiente: las ballenas bowhead eran muy valiosas por su gruesa capa de grasa, de la que se extraía un aceite muy apreciado; y su crinosa mandíbula aportaba barbas que se convertían en bienes como la “pierna” de los corsés y otros usos que hoy llamaríamos precursores de objetos plásticos.

Esta utilidad económica convirtió la caza de bowhead en una actividad vilipendiada por su rentabilidad: no era raro que los armadores registraran cada viaje, cada avistamiento y cada matanza para asegurarse el pago de bonos o recompensas que existían, incluso, en sistemas británicos de recompensas.

De hecho, para cobrar una prima había que presentar el cuaderno de bitácora ante la aduana, lo que facilitó la conservación de esos archivos.

El registro de una tripulación podía ser tan minucioso como el de un informe técnico: horas, el momento exacto de la striking (el primer golpe), la rendición de la tripulación ante la caza y, a veces, el detalle de cómo se desmembraba el animal en cubierta.

Las bitácoras solían documentar también la longitud de la ballena, la mayor pieza de barbas y, por supuesto, el lugar de la captura. Con estas referencias, los investigadores lograron modelar, paso a paso, la expansión de la caza a lo largo de décadas y zonas del Ártico, y entender por qué ciertos corredores marinos se volvieron tan intensos que prácticamente acabaron con las ballenas en algunas áreas.

A la vez, el estudio muestra que no toda la caza fue igual de devastadora. En zonas donde el hielo era más grueso y el paso de los barcos más difícil—por ejemplo, frente a Groenlandia occidental y entre Alaska y Rusia—las expediciones fueron menos exitosas.

Esas regiones, que hoy ostentan algunos de los mayores retoños de las poblaciones de bowhead, funcionaron como refugios que permitieron a estas ballenas recuperar sus números con el tiempo.

Los autores señalan que probablemente esas áreas no se vieron tan depauperadas como otras, lo que facilita su renacimiento en la actualidad.

En números, la historia reciente de la bowhead es, a veces, la de una especie que cayó dramáticamente y, sin embargo, mostró signos de recuperación.

Se estima que, antes de la caza comercial, podría haber al menos 50,000 ejemplares. A partir de entonces, las estimaciones la sitúan en fases bajas cercanas a los 3,000 en la década de 1920. Hoy, las poblaciones globales rondan unas 24,000 ballenas bowhead, concentradas principalmente en las zonas de Groenlandia occidental y Alaska. Aun así, no todo es un camino de subida: dos poblaciones, en el Mar de Okhotsk y en el mar de Barents-Svalbard, siguen clasificadas como en peligro por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Este trabajo no solo nos recuerda la brutalidad de la caza de antaño, sino que subraya una lección relevante para el presente: cuando las investigaciones apuntalan una historia con datos precisos y contextualizados, aprendemos a identificar refugios ecológicos y a entender por qué algunas poblaciones logran resurgir pese a décadas de presión.

Además, sugiere que, a pesar de no cazar, las decisiones humanas —desde la gestión de pesquerías hasta el uso de recursos— dejan huellas duraderas en las especies.

Y, con las ballenas bowhead, esa huella es lenta de borrar: algunas pueden vivir más de dos siglos, por lo que hoy ya estamos contemplando los ecos de un pasado que quizá no hemos terminado de entender.

En definitiva, los cuadernos antiguos no son solo reliquias; son herramientas que permiten ver, con mayor claridad que nunca, por qué ciertos lugares fueron refugios para las bowhead y qué lecciones debemos llevar para la conservación de estas ballenas en el siglo XXI.

El estudio abre una vía para estudiar otros casos de caza histórica y su relación con la resiliencia de las especies, un recordatorio de que nuestro pasado está vinculado de forma directa con el futuro de la biodiversidad.