Una granjera de Vermilion denuncia que dos pozos petroleros activos ventilan gases y químicos cerca de su casa, mientras la regulación afirma que todo está conforme. El reportaje explora testimonios, evidencias y las críticas a las normas vigentes.

Teresa Patry, una granjera de Vermilion, Alberta, vive con la inquietud de saber qué ocurre justo en su terreno: dos pozos petroleros privados operan junto a su casa y, según una evaluación independiente de calidad del aire, están ventilan de forma continua gas metano y otros compuestos químicos de potencial peligro para la salud de su familia y sus animales.

A pesar de estas evidencias, la Alberta Energy Regulator (AER) sostiene que todo funciona de acuerdo con la normativa vigente. Patry no está sola en su preocupación: hay más propietarios que se sienten desprotegidos cuando las emisiones parecen estar dentro de lo permitido, pero sus efectos en la vida cotidiana y la salud resultan difíciles de medir con certeza.

Nuestros sentidos pueden percibir el problema con claridad: Patry afirma que huele a combustible cada vez que el viento trae el aire desde los pozos hacia su vivienda.

Las jaulas de corderos, el corral y la casa compartiendo el paisaje con esa actividad industrial generan una sensación constante de incomodidad que, según ella, no debería estar ahí.

El caso llega a la mesa de los responsables cuando la comunidad viene a buscar respuestas, pero en repetidas ocasiones la respuesta es que todo está en orden conforme a las reglas.

En el centro del debate está el término venting: la liberación controlada de gas natural no quemado hacia la atmósfera. Lo que ventilan la mayor parte del tiempo es metano, un gas de efecto invernadero mucho más potente que el dióxido de carbono en un horizonte de 20 años.

Pero el venting suele traer consigo una mezcla de otros gases: compuestos orgánicos volátiles (COV), sustancias químicas que, según la ciencia, pueden afectar la salud humana a través de problemas respiratorios, efectos en la tiroides, desordenes cardíacos y hasta ciertos tipos de cáncer.

En Canadá, el vínculo entre estos químicos y problemas de salud médicos se investiga, pero la relación de causalidad no está establecida con certeza.

La propia Patry empezó a notar los impactos cuando, en 2016, una manada de corderos que tenía cerca de uno de los pozos murió de forma inesperada.

Una inspección de la AER quedó en palabras de que no había de qué preocuparse, pero poco después ella y su familia comenzaron a experimentar síntomas que, a ojos de médicos, podrían estar asociados a la exposición ambiental: artritis, problemas tiroideos y, más tarde, episodios de tos y sangrado al respirar aire que llegaba desde la zona de las tomas de gas.

Su hijo, ahora adulto, sufrió una obstrucción que le causó un coágulo en los pulmones tras largas jornadas en la granja. A día de hoy, patología y veterinaria siguen sin pruebas concluyentes de que las emisiones sean la causa directa, pero la preocupación persiste.

La AER, por su parte, mantiene que los pozos de Patry cumplen con las normativas de venting permitidas. No ofrecen un debate abierto sobre el caso concreto, y señalan que la regulación se aplica de forma general a lo largo de la provincia. Para médicos y defensores de la salud ambiental, estas respuestas son insuficientes cuando hay indicios de que un hogar y su entorno inmediato están expuestos de forma repetida a sustancias potencialmente dañinas.

“Las reglas actuales son demasiado laxas” dice la doctora Ulrike Meyer, médica de familia y miembro de CAPE (Coalición de Médicos para el Medio Ambiente).

Ella explica que, además del metano, existen varios COV que se mezclan en las fugas y que podrían tener efectos adversos a la salud: desde irritaciones nasales y cardíacas hasta impactos en el desarrollo fetal o problemas de fertilidad.

El debate no es aislado. Investigaciones públicas, como un informe de 2023 del auditor general de Alberta, ya señaló que los COV procedentes de infraestructuras petroleras no explotadas o envejecidas pueden impactar negativamente en la salud de las personas que viven cerca.

AER argumenta que, como regulador, vela por el cumplimiento de normas que son resultado de políticas públicas, y que se aplica a cada caso concreto con inspecciones y criterios técnicos.

Patry, sin embargo, continúa llamando a una revisión independiente de los daños potenciales y a una evaluación ambiental que vaya más allá de las inspecciones rutinarias.

El ecosistema de Alberta está organizado de modo particular. Las compañías pueden perforar en tierras privadas si poseen los derechos mineros, y deben negociar arrendamientos y compensaciones. En su historia reciente, Alberta ha ido reforzando herramientas para enfrentar la infraestructura envejecida: incrementó en marzo el impuesto para la Orphan Well Association, que gestiona pozos abandonados, y publicó en 2025 la Mature Asset Strategy, un plan para hacer frente a la degradación de activos y buscar mejoría en la gestión de infraestructuras antiguas.

Analistas como Phillip Meintzer, de la Coalición por una Energía Responsable, reconocen avances, pero advierten que la tramitación vaya más allá de parches: se necesita reforzar la vigilancia y sanciones para que casos como el de Patry no queden en promesas.

“Si estos pozos cumplen la normativa, es hora de endurecerla y proteger a personas como Teresa”, reclama.

La historia de Patry no termina con el diagnóstico de las autoridades. Ella habla de sentir que la reguladora ha decidido que su casa no es una instalación industrial y, sin embargo, en la práctica su vida cotidiana se parece cada vez más a la de una zona de alta actividad industrial.

“No quiero ser la voz de la alarma, solo quiero que me escuchen y me protejan”, dice con la certeza de quien ha visto cómo se va acumulando la ansiedad ante una cuestión que parece no tener solución rápida.

A medida que se acercan los meses más cálidos y el viento del sur podría arrastrar olores más intensos hacia la casa, Patry continúa buscando respuestas a un problema que, desde su punto de vista, ya no es posible ignorar.

Este caso, lejos de ser único, abre un debate provincial sobre cómo equilibrar la actividad económica con la salud de las personas que viven al lado de ella, y qué cambios son necesarios para que la regulación funcione con mayor eficacia en la vida real de los habitantes de Alberta.

En resumen, Patry quiere un marco regulatorio que funcione para las personas que habitan estas tierras, no solo para las cuentas de las compañías. Llama la atención sobre la necesidad de más datos, de más investigación independiente y de mecanismos que obliguen a una vigilancia real de emisiones, especialmente cuando la evidencia sugiere que los efectos en la salud pueden ser reales y cotidianos para las familias que viven al pie de las infraestructuras energéticas.

Mientras tanto, la granja de Vermilion continúa siendo un testimonio de la fricción entre progreso y bienestar humano, un recordatorio de que el gas que sale de la tierra no es sólo una cuestión técnica, sino una cuestión de vida diaria para quienes lo rodean.