Un estudio analiza excrementos preservados en permafrost para reconstruir genomas de mamuts lanudos, caballos, bisonte de estepa y ardillas, mostrando que el ecosistema del mammoth-steppe en Beringia se mantuvo estable durante 700.000 años y resaltando el valor de conservar estos archivos fósiles ante el derretimiento.

Un equipo internacional de científicos ha conseguido reconstruir genomas completos de mamuts lanudos, caballos, bisonte de estepa y ardillas de tierra que vagaban por las praderas del Ártico canadiense durante la última gran glaciación, y todo gracias a ADN que quedó fijado en excrementos de ardilla conservados en el permafrost del Yukón.

Estos coprolitos, es decir, las heces fosilizadas, guardan un archivo increíble: no solo de los animales que dejaron los excrementos, sino también de plantas, insectos e incluso hongos que componían la red alimentaria de aquel ecosistema.

Los investigadores señalan que, en la muestra estudiada, recogida en el permafrost de Hunker Creek en Yukon y datada por encima de los 700.000 años, estaba presente ADN de mamíferos como lobos, felinos depredadores, mamuts, caballos y numerosos insectos, además de casi 200 tipos distintos de plantas, desde gramíneas hasta juncos.

Este hallazgo permite ver, con un solo recurso, la gran diversidad que convivía en lo que se conoce como el mammoth-steppe, un ecosistema de pastizales secos que se extendía por las grandes llanuras del extremo norte durante la Edad de Hielo.

“Se puede captar realmente todo el ecosistema, desde megafauna y plantas, hasta hongos, insectos y una diversidad de microbios”, comenta Tyler Murchie, científico del Hakai Institute y autor principal del estudio publicado en Nature Communications.

Y es que, curiosamente, el coprolito resulta ser una fuente de ADN más concentrada y mejor conservada que otros materiales fósiles como huesos o sedimentos, lo que facilita reconstruir genomas completos a partir de fragmentos.

Entre las sorpresas, los autores descubren que la mayor parte del ADN de la muestra provenía de parientes de la ardilla de Yukón que existen hoy, pero probablemente pertenecen a una población o especie distinta.

En la porción de material de 700.000 años de antigüedad, el ADN corresponde a una especie que hoy se encuentra en zonas de China, Kazajistán, Mongolia y Siberia. Esto sugiere que, aunque el paisaje y la fauna cambiaron con el tiempo, ciertos rasgos genéticos y linajes estuvieron presentes en la región durante prácticamente todo el Pleistoceno.

El estudio también compara este conjunto de datos con muestras de otros lugares y épocas. Así, al analizar un coprolito de liebre del Holoceno actual, los científicos detectaron la presencia de árboles como abedules, piceas y alisos, pero sin los grandes mamíferos que caracterizaron el mammoth-steppe.

Eso evidencia que el clima y el paisaje que hoy vemos en la región no son los que dominaban hace cientos de miles de años, cuando el ecosistema era más seco y abierto.

Una conclusión central es que el mammoth-steppe, con su mezcla de pastos duros y zonas de tundra, se mantuvo relativamente estable durante unos 700.000 años, a pesar de cambios climáticos, lo que contrasta con la vegetación que hoy es más parecida a un bosque boreal, con coníferas y árboles de hoja alterna.

Este hallazgo ayuda a entender cómo reaccionan los ecosistemas ante la variabilidad climática y por qué, con el cambio climático actual, ciertas cadenas tróficas pueden desestabilizarse.

Otra lección valiosa es la importancia de preservar estos archivos biológicos ahora. Los científicos advierten que algunos de los sitios donde se encontraron coprolitos ya se están descongelando, corrigiendo laderas y deslizándose hacia los ríos, lo que significa que podríamos perder archivos irremplazables de historia natural si no actuamos a tiempo.

En palabras de Murchie, estos hallazgos muestran que “las heces del pasado pueden ser, literalmente, la llave para entender mundos que ya no existen”.

En términos de impacto, este trabajo amplía la ventana de la paleogenómica: no solo se pueden obtener genomas completos a partir de fragmentos minúsculos, sino que también se puede trazar con mayor claridad cómo se organizaba la red alimentaria y qué papel jugaba cada especie en ecosistemas complejos.

El estudio recibió apoyo de varias instituciones y fundaciones, entre ellas el Tula Foundation y el Natural Sciences and Engineering Research Council, y se inscribe en una corriente de investigación que busca combinar genética, paleontología y ecología para entender la historia de la Tierra y, de paso, prever posibles respuestas del mundo natural ante el cambio climático actual.