La capital de Georgia ha transformado la presencia de perros callejeros mediante un programa de control que incluye vacunación, esterilización y chips, logrando una convivencia diaria y respaldada por informes internacionales.

En Tiflis, la capital de Georgia, la ciudad ha cambiado su relación con los perros de la calle. Hoy, miles de canes deambulan por calles, plazas y parques sin generar el mismo temor ni la misma tensión de años atrás. Este cambio no es fruto del azar: se apoya en un sistema de control que, entre otras cosas, coloca un chip visible en la oreja de la gran mayoría de los perros para certificar que están vacunados y esterilizados.

Para los vecinos, ver a un perro reposar a la entrada de un edificio, cerca de un restaurante o junto a una estación de transporte ya forma parte de la rutina.

No se trata de una ciudad que haya “domado” a los animales con dureza, sino de una convivencia regulada, clara y aceptada por la mayoría. Y esa aceptación no llegó de golpe: es el producto de años de trabajo coordinado entre autoridades, veterinarios, asociaciones y la propia ciudadanía.

La historia de este cambio empieza en los años 90, cuando la presencia de jaurías generaba preocupación entre la población. Las calles, especialmente en zonas más congestionadas, se convertían en escenarios de tensión y en ocasiones de inseguridad para peatones y comercios.

Fue entonces cuando se inició un proceso de control poblacional que dejó atrás las tácticas puramente punitivas y miró hacia la salud y la convivencia.

Se promovieron campañas de esterilización masiva y vacunación contra la rabia y otras enfermedades, se introdujo un registro de mascotas con chips y se buscó involucrar a veterinarios y clínicas privadas para ampliar la cobertura.

Con el paso de los años, las autoridades reforzaron estos programas. Se crearon brigadas móviles de atención veterinaria, se incrementó la inversión en hospitales y clínicas municipales y se promovieron campañas de educación cívica para enseñar a la población a convivir de forma segura y respetuosa con los animales.

Además, se trabajó en un marco normativo claro: normas para la tenencia responsable, recogida de excrementos, prohibición de abandonos y, en general, un conjunto de reglas que facilitan la convivencia diaria sin generar conflictos.

Este enfoque, centrado en la prevención y la salud pública, consiguió reducir incidentes y mejorar la confianza entre vecinos y perros.

El resultado es visible en la vida cotidiana de la ciudad. Los perros están presentes en muchas zonas urbanas, pero ya no aparecen como un problema; se perciben como parte del paisaje urbano, acompañado de una red de cuidados: vacunación regular, esterilización completa y un registro al que se puede acceder para confirmar el estado de salud de cada animal.

Este modelo no solo ha cambiado la dinámica local, también ha sido reconocido internacionalmente. Informes difundidos desde España destacan la alta integración de los perros sin dueño en la ciudad y el trato humano que reciben en calles, comercios y centros de atención veterinaria.

Los observadores señalan que la clave del éxito está en la coherencia entre políticas públicas, responsabilidad ciudadana y cooperación entre el sector público y la ciudadanía.

En definitiva, Tiflis ofrece una lección sobre cómo la convivencia entre humanos y animales puede fortalecerse con políticas claras, inversión en salud animal y, sobre todo, respeto mutuo.

La ciudad demuestra que no es incompatible cuidar de la libertad de los perros y la tranquilidad de los vecinos: con vacunas, esterilización, un sistema de registro y una ciudadanía comprometida, es posible vivir juntos en armonía y con mejores condiciones para todos.