El presidente estadounidense afirma que Irán está vencido y que las conversaciones están al límite; advierte que, si Washington no obtiene respuestas adecuadas, la situación podría precipitarse. Irán mantiene opciones abiertas y continúa la mediación con Pakistán.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha señalado este miércoles desde la base militar de Andrews que Irán es una “nación derrotada” y que las conversaciones con Teherán están “justo en el límite”.

Según sus palabras, si Washington no consigue de la cúpula iraní las respuestas que considera adecuadas, la situación “se precipitará muy rápidamente”.

“Todos estamos preparados para actuar. Tenemos que obtener las respuestas adecuadas, es decir, respuestas totalmente satisfactorias al 100%, y si lo conseguimos, ahorraremos mucho tiempo, energía y vidas”, ha dicho ante los periodistas, dejando clara la idea de que no habrá medias tintas si no llega un compromiso claro por parte de Teherán.

Trump ha insistido en que la Administración está tratando con “gente muy buena” que, en su juicio, es mucho más razonable que la que dirigía Irán en años anteriores.

Asegura que si se llega a un acuerdo, este será “fantástico para todos”, una afirmación con la que pretende dibujar un escenario de resolución favorable para Estados Unidos y sus aliados, siempre que las condiciones sean las adecuadas.

Por su parte, en Teherán, el otro lado de la cuerda, el ministro de Exteriores iraní, Masud Pezeshkian, ha advertido que “todas las opciones siguen abiertas” para poner fin al conflicto que se agrava desde finales del pasado febrero.

El enviado iraní recibió horas antes en Teherán al primer ministro paquistaní, Mohsen Naqvi, en medio de los esfuerzos de mediación que Islamabad ha intentado promover para acercar posiciones entre Washington y Teherán.

Más tarde, el portavoz del Ministerio de Exteriores de Irán, Ismaeil Baqaei, confirmó a la cadena estatal IRIB que las autoridades iraníes están estudiando la última propuesta de Washington.

Este choque de declaraciones se enmarca en un episodio de tensiones que se arrastra desde hace décadas entre Estados Unidos e Irán. Tras la revolución de 1979, las relaciones entre ambas naciones han estado marcadas por desconfianza y choques recurrentes. En años recientes, el debate se centró en el programa nuclear iraní y en el grado de control que debe imponerse para evitar una proliferación de armamento.

El acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA) ofrecía un marco para limitar ese programa, pero Estados Unidos abandonó el pacto en 2018 y volvió a imponer sanciones, lo que desencadenó años de fricción y desconfianza.

En ese escenario, Pakistán ha salido como un actor de mediación ocasional en la región: ha sido presentado como puente para intentar rebajar tensiones y reactivar conversaciones entre Washington y Teherán, en un esfuerzo por evitar un enfrentamiento directo que podría afectar a toda la región.

Mientras tanto, Irán ha insistido en que cualquier acuerdo debe respetar sus intereses y su soberanía, y que las “opciones” siguen abiertas para garantizar la seguridad regional y el desarrollo económico del país.

El tono de las declaraciones de Trump y la respuesta iraní muestran, una vez más, que el tema está lejos de resolverse y que las condiciones para un entendimiento dependen de variables complejas, incluidas garantías de cumplimiento, plazos y la verificación internacional.

Observadores señalan que la clave estará en si Teherán acepta limitaciones verificables a su programa nuclear y a su comportamiento regional, a cambio de un marco de alivio económico y diplomático.

En todo caso, lo ocurrido hoy subraya la volatilidad de una crisis que podría cambiar de ritmo si se logran o se rompen las promesas y los ultimátums de Washington y Teherán.

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