La delegación cubana, en París ante el Consejo Ejecutivo de la UNESCO, reafirma su derecho a un modelo de desarrollo propio frente a un cerco energético y a sanciones como la inclusión en la lista de patrocinadores del terrorismo. El discurso combina soberanía, historia y un llamado a un mundo más estable.
En París, durante el Consejo Ejecutivo de la UNESCO, la Cancillería de Cuba volvió a dejar claro este sábado que no piensa renunciar a su propio camino de desarrollo pese al cerco energético que, desde Estados Unidos, intenta presionar a La Habana.
La representante cubana ante la UNESCO, Dulce María Buergo Rodríguez, presidenta de la Comisión Nacional Cubana ante ese órgano, subrayó la soberanía e independencia de la isla frente a lo que describió como amenazas de agresión militar y un bloqueo total a los suministros de combustible.
Señaló que estas medidas forman parte de una estrategia para obligar a Cuba a renunciar a su modelo, y afirmó rotundamente que no se cederá ante esas presiones.
Aseguró además que la inclusión arbitraria de Cuba en la lista unilateral de Estados que supuestamente patrocinan el terrorismo, y la reciente orden ejecutiva de Estados Unidos para imponer un cerco total a los suministros de combustible, son muestras claras de la presión exterior a la que se enfrenta la isla.
En su intervención ante el Consejo Ejecutivo, Buergo Rodríguez declaró que estas acciones buscan erosionar la soberanía cubana y obligar a cambios en su sistema, pero aseguró que la nación no cederá ante esas amenazas.
"No sucederá", dejó claro ante los asistentes.
La diplomática cubana subrayó además la necesidad de asegurar la soberanía para que, de esa forma, Cuba pueda construir el país que desea y, al mismo tiempo, contribuir a la construcción de un mundo más pacífico y justo.
En ese marco, señaló que las medidas tomadas por Washington —incluido el cerco energético— afectan no solo a las cuentas públicas, sino a el día a día de la gente: transporte, servicios esenciales y la capacidad de mantener hospitales y escuelas funcionando.
Todo ello, añadió, se presenta bajo la premisa de que las privaciones económicas y los daños humanos obligarán al pueblo cubano a renunciar a su soberanía e independencia, algo de lo que dijo no estar dispuesto a hacerse.
Para entender el marco en el que se sitúa este debate, conviene recordar que la historia entre Cuba y Estados Unidos está marcada por tensiones y desconfianzas que se remontan a décadas.
El embargo económico de Estados Unidos contra Cuba comenzó a mediados de los años 60 y se ha mantenido, en distintas fases, como una de las políticas más prolongadas de la era moderna.
En ese periodo se produjeron episodios que los cubanos describen como agresiones económicas y políticas. En 1996, la Ley Helms-Burton reforzó el bloqueo y complicó cualquier posible normalización de relaciones, condicionando cambios en la política cubana a reformas que, según Washington, debían ocurrir en la isla.
Por su parte, la inclusión de Cuba en la lista de patrocinadores del terrorismo ha sido un referente repetido en la retórica estadounidense, a la que se ha oponido la autoridad cubana con argumentos de defensa de su soberanía.
En febrero, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel expresaba, según la versión oficial, su apertura a un diálogo con Estados Unidos siempre que se respeten la soberanía e independencia de la isla.
Esa idea, defendida por el liderazgo de La Habana, contrasta con la realidad de las sanciones y de un cerco que, según La Habana, busca presionar para obtener cambios políticos.
Este contexto histórico ayuda a entender por qué la intervención ante la UNESCO no se limita a una crítica puntual, sino que encaja dentro de una estrategia de defensa de un proyecto de desarrollo autónomo y de resistencia a lo que consideran presiones externas.
La cita en París no se entiende aislada: es parte de un esfuerzo cubano por insertarse en foros internacionales donde se discuten temas de desarrollo, derechos humanos y seguridad energética, pero sin renunciar a sus propias convicciones.
En ese sentido, la Cancillería sostiene que Cuba puede aportar a un mundo más estable y pacífico desde una posición soberana, sin renunciar a sus principios ni a su modelo de desarrollo.
En definitiva, el mensaje de La Habana ante el Consejo Ejecutivo de la UNESCO es claro: soberanía, independencia y desarrollo propio primero, incluso frente a presiones de un vecino con históricas disputas.
El debate continúa, y para Cuba, la clave está en encontrar un equilibrio entre defensa de su modelo y cooperación internacional que no ponga en riesgo a su población ni a su dignidad.