Análisis claro y práctico sobre la llegada probable de El Niño este año, sus zonas de impacto, duración, vinculación con el cambio climático y qué medidas pueden tomar gobiernos y ciudadanos.

El Niño vuelve a estar en el centro de la atención climática, y los primeros indicios señalan que este año podría adelantarse su llegada y, según los expertos, convertirse en uno de los episodios más relevantes de las últimas décadas.

A veces los medios hablan de “El Niño Godzilla” para expresar que podría ser intenso; eso es un nombre mediático, no científico. Lo importante es entender qué es este fenómeno y qué efectos podría traer a nuestro país y a la región.

El Niño es la fase cálida de la oscilación ENOS (El Niño-Oscilación del Sur). Ocurre cuando el Pacífico tropical, frente al ecuador, se calienta y los vientos alisios se debilitan. Con ese calentamiento se altera la circulación de la atmósfera y cambian los patrones de lluvia y temperatura no solo en la cuenca del Pacífico, sino en zonas muy alejadas.

Por eso, sus efectos pueden sentirse a miles de kilómetros de distancia.

Las autoridades científicas, entre ellas la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos), señalan una alta probabilidad de que El Niño se establezca en los próximos meses.

En concreto, hay una estimación de alrededor del 90% de probabilidad para el periodo junio-agosto de este año. Si se mantiene, la estabilidad de la fase cálida podría fortalecerse entre diciembre y enero, cuando la intensidad tiende a ser mayor.

En cuanto a qué zonas y sectores podrían verse más afectados, las proyecciones son variadas según la regionalidad. En la costa de Ecuador y el norte de Perú se espera una mayor precipitación y tormentas intensas. En Chile central y centro-sur, los inviernos y las primaveras suelen hacerse más lluviosos. En la costa del centro y sur de Brasil también hay probabilidades de cambios en el régimen de lluvias. En el Caribe, el periodo puede traer condiciones más cálidas y secas; en Australia y buena parte de Oceanía, algunas áreas pueden volverse más secas.

Una de las constancias de El Niño es que aumenta la temperatura superficial del mar y, con ello, la cantidad de vapor de agua en la atmósfera. Eso eleva la energía de las tormentas cuando se forman, lo que puede traducirse en tormentas más intensas en zonas tropicales; y, a la vez, en sequías más severas en otras áreas que dependen de la regulación natural de la corriente de Humboldt o de otros regímenes climáticos.

La duración típica de un episodio de El Niño es menor a un año, aunque puede variar. A veces se apaga más rápido de lo previsto; otras veces puede durar varios trimestres. Por contraste, La Niña, su versión fría, puede ser persistente y durar entre dos y tres años, como ha ocurrido en algunos periodos recientes. Esto forma una oscilación climática que los meteorólogos llaman ENOS, y es uno de los motivos por los que no siempre se pueden predecir con precisión los impactos concretos.

Existe un debate entre científicos y autoridades sobre la relación entre El Niño y el cambio climático de origen humano. En líneas generales, algunos estudios sugieren que, en un planeta más cálido, los fenómenos pueden ser más intensos o más frecuentes; otros análisis no hallan una conclusión contundente.

Lo que sí parece claro es que, cuando aparece El Niño, el calor global tiende a aumentar ligeramente la temperatura media del planeta, y la mayor cantidad de vapor de agua en la atmósfera facilita fenómenos extremos en ciertas regiones.

El entendimiento de estos procesos ha llevado a una mayor preparación y coordinación en América Latina. Países como Perú y Ecuador mantienen comisiones permanentes para estudiar la evolución de El Niño y sus posibles impactos en la economía y la seguridad alimentaria.

En Chile, también se crean comisiones técnicas entre el Estado y el sector pesquero y agrícola para gestionar riesgos y reforzar la resiliencia. Centros regionales como CIIFEN en la región trabajan para monitorizar la situación desde una perspectiva latinoamericana y facilitar el intercambio de información entre gobiernos, sector privado y academia.

¿Qué podemos hacer como sociedad ante la llegada de El Niño? En primer lugar, estar pendientes de los pronósticos oficiales y las alertas de las instituciones meteorológicas.

Es aconsejable revisar planes de emergencia a nivel local y familiar, especialmente en zonas expuestas a tormentas intensas o inundaciones. En el plano económico, el sector agropecuario y pesquero debe revisar sus calendarios de intervención y sus seguros, buscando reducir vulnerabilidad ante cambios en lluvias y temperaturas.

En definitiva, se trata de gestionar el riesgo a través de la información, la planificación y la cooperación entre instituciones públicas y privadas.

La experiencia histórica nos recuerda que El Niño no es una novedad: eventos importantes se han visto en décadas pasadas—los más recordados por su fuerza fueron los episodios de 1982-1983 y 1997-1998, seguidos de otros menos intensos pero significativos.

El año 2015-2016 dejó lecciones sobre la necesidad de sistemas de alerta temprana, infraestructura adecuada y capacidad de respuesta rápida ante precipitaciones extremas o sequías.

En 2023 ya se observaban señales que recordaban a estas dinámicas, y ahora, con la posibilidad de un episodio fuerte, la advertencia no es para alarmar, sino para estar preparados.

En resumen: estamos ante un fenómeno natural cíclico, cuyo inicio podría darse en los próximos meses con probabilidad alta. Sus efectos serán variables según la región y la estación del año, y su intensidad dependerá de múltiples factores, incluidos elementos del clima global.

Contar con información confiable y tomar medidas de preparación puede marcar la diferencia entre enfrentar adaptadamente las condiciones y sufrir impactos evitables.

La clave está en la vigilancia, la planificación y la cooperación entre gobiernos, empresas y ciudadanos, para reducir riesgos y proteger la economía y la vida diaria de las personas.