Un informe de Harvard revela que la oferta de vivienda en Estados Unidos está por debajo de la demanda, con altos costes para propietarios y inquilinos. Este artículo explica números clave y lo que podrían significar para las familias y sus presupuestos.
Vivienda, techo y familia: tres cosas que a la gente le importan, pero en Estados Unidos cada vez cuesta más conseguirlas sin que se te vaya la vida en ello.
Esa es la idea que recorre el informe anual de la Harvard Joint Center for Housing Studies, la llamada mirada crítica sobre el estado de la vivienda. En su edición de 2026, publicada el 17 de junio, el mensaje es claro y, para muchos, desalentador: los problemas para pagar la vivienda persisten y la economía incierta no ayuda a que el mercado se recupere con soltura.
En lenguaje llano, hay menos casas disponibles de las que serían necesarias y, cuando hay, suelen estar más caras de lo que puede pagar una buena parte de la población.
¿Y qué quiere decir eso en la vida real? Primero, que la creación de nuevos hogares se ha desacelerado. En 2025 solo se formaron 1.1 millones de nuevos hogares, una cifra que recuerda a los momentos más duros de la Gran Recesión y que se debe a factores como la deuda estudiantil, un mercado laboral más débil y una confianza del consumidor que está lejos de ser exuberante.
En cuanto a movilidad, muy poca gente se muda: en 2024 solo el 11.2% de los estadounidenses cambió de casa, un récord a la baja que corta rutas de progreso para muchas familias.
Segundo, el coste de la vivienda ya no es solo un colador para el presupuesto; es una decisión de vida. En 2024, 20.7 millones de hogares de propietarios gastaban más del 30% de sus ingresos en vivienda, y 9.6 millones, más de la mitad. Entre los que alquilan, la situación es todavía más dura: casi la mitad de los inquilinos, es decir, unos 22.7 millones, estaban sobrecargados por los gastos de vivienda en ese año, y 12.1 millones estaban en situación severa.
Entre los inquilinos y los dueños, no hay tipo de hogar que escape del golpe. El informe señala que 11 millones de hogares con ingresos extremadamente bajos se enfrentaban en 2024 a un mercado con solo 3.8 millones de unidades de alquiler asequibles y disponibles. En otras palabras, la demanda supera ampliamente a la oferta de vivienda a precios que esa parte de la población puede pagar. A nivel de costos, casi la mitad de los inquilinos de todos los ingresos (49%) estaban moderadamente asfixiados por los precios, y un 26% gastaba al menos la mitad de sus ingresos en vivienda.
La edad de la vivienda también importa. El estudio apunta que el domicilio propio que se construyó antes de 1940 es, de media, 42 años más antiguo que la casa típica de hoy y, por cada año que una casa es más antigua, el coste de su mantenimiento y mejoras tiende a subir.
En 2023, los propietarios que vivían en viviendas anteriores a 1940 gastaban en mejoras y reparaciones alrededor de 6.700 dólares al año, un gasto aproximadamente un 50% mayor que el de los hogares en viviendas construidas en 2010 o después.
La situación no tiene fronteras geográficas: Florida y Nevada son los lugares donde los inquilinos lo pasan peor, mientras que California y Hawái se sitúan entre los más caros para ser propietario.
Pero la gravedad no es solo territorial; es social y estructural. La parte más dura de la crisis es la que afecta a las personas con ingresos bajos y moderados: hay una falta extrema de unidades asequibles para ellos.
En 2024, 11 millones de hogares con ingresos muy bajos competirían por solo 3.8 millones de viviendas disponibles y asequibles.
Las diferencias por origen étnico también importan: en hogares encabezados por una persona negra, el 32% reporta costos por vivienda que les agobian; en hogares encabezados por alguien de ascendencia hispana, el 29% está en esa misma situación.
En comparación, el 22% de los hogares encabezados por blancos propietarios se encuentran en esa posición.
En resumen, estamos ante una crisis de oferta y demanda que no se resuelve solo con subir salarios o con buenos años de crecimiento: se necesita que lleguen más viviendas a precios razonables y en lugares donde la gente pueda vivir sin hipotecarse o alquilarse hasta el final de sus días.
Históricamente, la vivienda enfrenta ciclos, y este parece uno de esos periodos en los que la oferta se queda atrás frente a la demanda, con impacto directo en el gasto familiar, el ahorro y la movilidad social.
Para quien siga el tema con interés práctico, la lección es clara: cuando el mercado de la vivienda falla, hay que fijarse en políticas que faciliten la construcción, reduzcan trabas innecesarias y fomenten un crecimiento laboral capaz de sostener a las familias.
En el largo plazo, la solución no está en promesas fáciles, sino en más oferta, menos fricciones administrativas y un entorno donde las familias que trabajan duro puedan planificar su hogar sin perder la cabeza en el intento.