Análisis oficiales muestran que, pese a precios de la gasolina por las nubes, la circulación en LA no ha disminuido y la red de metro amplía su alcance con una nueva parada en Wilshire/Fairfax.
En Los Ángeles se vive un doble golpe para el bolsillo y la rutinas diarias: el precio de la gasolina está por las nubes y, sorprendentemente, el tráfico no baja.
Un estudio exclusivo del Departamento de Transporte de California para Reuters analiza ocho semanas hasta el 23 de abril y revela que, en las autopistas más transitadas como la 405, la 10 y la 5, no se aprecia una caída clara en la cantidad de vehículos que circulan.
En pocas palabras, los conductores siguen moviéndose con la misma intensidad a pesar de lo que cuesta llenar el depósito.
El coste medio de un galón de gasolina regular en Los Ángeles era de 6,07 dólares un lunes cualquiera, según datos de AAA. Eso implica un incremento de casi un 28% respecto al año anterior y aproximadamente un 36% por encima de la media nacional. Nadie quiere pagar más, pero mucha gente entiende que ese gasto forma parte de vivir en un estado donde el coche es la forma más práctica de moverse, pese a la congestión.
A nivel de hábitos, la historia no es tan simple: hay quienes dicen que el dinero extra que hay que gastar en combustible no siempre cambia las costumbres de conducción.
Un residente de la ciudad, Marco Falcon, de 44 años, comentó que terminaría ajustando su agenda más que su forma de moverse, porque usar autobuses o trenes implicaría pérdidas de tiempo que no siempre salen a cuenta.
Aun así, la teoría económica ayuda a entender el fenómeno: la demanda de gasolina en Estados Unidos tiende a ser inelástica, es decir, subidas de precio no provocan cambios drásticos en la cantidad de combustible que se consume de inmediato.
Un estudio del National Bureau of Economic Research (NBER) de 2006 mostró que, durante las subida de precios de esa década, los conductores ajustaron menos sus hábitos que en crisis petroleras de los años 70.
Pero no todo es pesimismo para la movilidad en la ciudad. Los datos de LA Metro indican que, en marzo y abril, el uso total de autobuses y trenes creció un 1,6% interanual y los trayectos por pasajero aumentaron un 0,8%.
Es decir, más gente está recurriendo a transporte público, aunque no sea suficiente para revertir la imagen de atascos crónicos. La agencia subraya además que la red ha añadido nuevas estaciones y ha expandido su cobertura a zonas que antes quedaban a corta distancia, lo cual ofrece más opciones para moverse sin depender del coche siempre que el tiempo o la economía lo permitan.
El especialista Brian Taylor, de la Institute of Transportation Studies de la Universidad de California, Los Ángeles, recuerda que cuando la demanda ya es alta, pequeñas variaciones en el tráfico pueden generar grandes cambios en la fluidez.
En su opinión, a veces la ciudad percibe menos congestión de la que realmente hay, porque las variaciones de minutos de viaje pueden parecer poco visibles, aunque tengan un efecto notable en la vida diaria.
Entre las novedades, resalta la llegada de una nueva parada subterránea de la D Line, la Wilshire/Fairfax, que sitúa a menos distancia de varios puntos de interés.
Cerca de esa estación se encuentran atracciones como el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (LACMA) y el Museo de la Academia del Cine, entre otros lugarings que atraen a vecinos y turistas.
A corto plazo, la incorporación de esta estación podría facilitar una alternativa de desplazamiento para quienes buscan evitar el coche durante parte de su ruta diaria.
En conjunto, la lectura de estos datos apunta a una conclusión clara para la gente de la ciudad: el precio de la gasolina es un asunto de primera línea, pero la estructura de movilidad en Los Ángeles sigue dependiendo de un equilibrio entre coche propio y opciones de transporte público que aún requieren mejoras para desincentivar el uso del automóvil en jornadas de alto tráfico.
Mientras tanto, el incremento de la oferta en el metro y la presencia de nuevas estaciones muestran que, desde el sector público, se intenta dar respuesta a la demanda de movilidad con soluciones que, en el papel, apuntan a una ciudad menos dependiente del coche.
En el día a día, eso se traduce en historias de conductores, tiempos de viaje y decisiones sobre cuándo vale la pena cambiar de modo de desplazamiento.