La factura médica en Estados Unidos continúa creciendo y golpea especialmente a quienes vencieron al cáncer. Este artículo ofrece una visión clara de por qué pasa y qué podría cambiarlo, con ejemplos y datos históricos para entender la magnitud del problema.

En Estados Unidos, los precios de la atención médica no paran de subir, incluso cuando se habla de tratamientos de última generación. Programas y fármacos avanzados, como Keytruda, pueden hacer que la factura total se dispare, y eso termina afectando a todo el sistema: pacientes, aseguradoras y, en última instancia, al bolsillo de millones de familias.

No es solo una noticia de moda: es una realidad que ahora mismo condiciona decisiones cotidianas de mucha gente.

La historia de Marielle Santos McLeod, que vive cerca de Charleston, Carolina del Sur, ilustra bien el problema. Tras vencer un cáncer de colon en 2017, aún tiene que lidiar con gastos derivados de la enfermedad: quimioterapia pasada y un flujo constante de gastos de seguimiento y consultas para vigilar la recuperación y atender efectos secundarios.

En lo que va de año ya ha desembolsado 2.500 dólares en los primeros dos meses y debe 1.300 dólares por una colonoscopia de enero. A eso hay que sumar su prima de unos 895 dólares mensuales para una póliza que cubre a su familia de seis personas. En resumen: la salud que parecía estar resuelta durante el tratamiento continúa generando presión económica y empuja a tomar decisiones difíciles sobre qué cuidados priorizar.

Este perfil no es excepción: hay casi 19 millones de supervivientes del cáncer en Estados Unidos que siguen necesitando medicamentos, visitas médicas y pruebas para vigilar la enfermedad y gestionar efectos de la terapia.

Una encuesta de 2024 a más de 1.200 pacientes y supervivientes mostró que alrededor del 47% había acumulado deuda médica, y casi la mitad debía más de 5.000 dólares. Es decir, el coste directo de la enfermedad no termina con la remisión: continúa, a veces durante años, limitando opciones y tranquilidad.

La cuestión no es solo el precio de un fármaco concreto, sino el diseño del sistema para cubrirlo. Las propuestas de política sanitaria de anteriores administraciones han buscado reducir primas aumentando la libertad de elegir planes con deducibles más altos.

En la práctica, eso significa que el seguro puede parecer más barato cada mes, pero exige gastos de bolsillo muy elevados antes de empezar a cubrir, lo que puede dejar fuera a quienes ya tienen condiciones como el cáncer.

También se ha planteado permitir planes que no cumplen la normativa de la Ley de Cuidado Asequible (ACA), con el riesgo de excluir coberturas esenciales o a personas con condiciones previas.

Quienes analizan estas propuestas señalan que el verdadero reto está en la propia estructura de costos: precios de medicamentos, pruebas y atención continua.

Michael Cannon, del think tank libertario Cato Institute, sostiene que, si se liberalizan más planes, los pacientes tendrían más control sobre lo que cubren y podrían escoger opciones que les resulten más razonables.

Por su parte, Jennifer Hoque, de la American Cancer Society Cancer Action Network, alerta de que abrir la puerta a planes más baratos podría, irónicamente, dejar a muchos sin acceso a la protección adecuada cuando más la necesitan.

El caso de Veronika Panagiotou ayuda a entender esa tensión en la vida real. En 2013, tras detectar un problema de salud, los seguros privados rechazaron cubrirla por tener un índice de masa corporal elevado. Dos meses después, fue diagnosticada con linfoma no hodgkin y, ante la falta de cobertura suficiente, recibió tratamiento completo gracias a los primeros planes ACA que entraron en vigor en 2014, cubriendo quimioterapia, inmunoterapia, pruebas, estancias hospitalarias y otros gastos.

Hoy Panagiotou es cancerfree, pero reconoce que, incluso trabajando y con cobertura, los gastos relacionados con el tratamiento siguen condicionando decisiones en su vida.

Las voces técnicas señalan que, a medio plazo, el gasto en supervivientes podría crecer mucho. Proyecciones de investigación sitúan los costos de la atención para sobrevivientes en unos 246.000 millones de dólares para 2030, frente a 183.000 millones en 2015. Además, se espera que el número de supervivientes supere los 22 millones para 2035. Todo ello en un contexto de avances médicos que aumentan las tasas de supervivencia, pero también la necesidad de monitorización y tratamiento a largo plazo.

Expertos como Ezekiel Emanuel, de la Universidad de Pensilvania, advierten que incluso cuando la ciencia logra triunfos, la realidad es que muchos pacientes terminan retrasando o evitando parte de la atención posterior a la enfermedad por motivos económicos.

“Incluso cuando ganamos la batalla, parece que el triunfo se ensombrece por la carga de costos que persiste”, afirma.

En suma, la situación de los costos sanitarios en EE. UU. no es una cuestión de un único factor, sino de un conjunto de dinámicas: precios de fármacos y pruebas, diseño de seguros, y decisiones políticas sobre cómo garantizar cobertura sin que el bolsillo del paciente se vea desbordado.

Historias como las de McLeod o Panagiotou muestran que, para muchos, la batalla contra el cáncer no termina con la remisión, sino que continúa en forma de facturas y elecciones difíciles.

Si quieres seguir leyendo y entender las distintas perspectivas sobre estas soluciones, este análisis recoge datos, contexto histórico y voces de diferentes actores del sistema sanitario.

KFF Health News aporta una mirada detallada a un tema que afecta a millones y que, al mismo tiempo, condiciona la vida de familias enteras.