Análisis en clave coloquial de la final de Wimbledon 2002 protagonizada por David Nalbandian, cómo la hierba cambia el juego y qué significa para los tenistas argentinos y el panorama internacional de la época.

En 2002, David Nalbandian, un joven cordobés que apenas estaba asomando en el circuito, se puso en modo protagonista y protagonizó una de las historias más recordadas de Wimbledon: llegó a la final sin haber pisado jamás el césped como profesional y, para colmo, ni siquiera había disputado la central del All England hasta aquel choque decisivo contra el australiano Lleyton Hewitt.

Su talento para moverse por cualquier superficie quedó de manifiesto en ese partido y dejó claro que la hierba, por más que asuste, no es un bicho imposible si se tiene lectura y coraje para adaptarse.

Esa final no solo demostró su proyección: también avisó que la transición de la arcilla al pasto no era un simple cambio de zapatos, sino todo un viaje táctico.

La transición no era trivial. Después de la gira europea de tierra batida, el césped verde y rápido de Wimbledon exigía otra cosa: menos bote de la pelota, centro de gravedad más bajo y una actitud más agresiva desde el fondo hacia la red.

Los despegues y frenazos requerían un equilibrio muy fino; los pasos eran más cortos y precisos, como si se estuviera zapateando para llegar a cada balón con la máxima estabilidad.

El saque con slice ganaba influencia, el juego de ataque pasaba a ser más rentable cuando el defensa tenía que cambiar de dirección en sus réplicas y, sobre todo, la volea doblaba su efectividad frente a pelotas que llegan con menos tiempo para reaccionar.

En resumen, quienes mejor se sentían en el césped eran los jugadores de corte ofensivo y con gran movilidad.

En el cuadro de argentinos, Cerúndolo se resaltó como el que parecía más cómodo en ese nuevo escenario. Campeón en Eastbourne en 2023, su tenis desde la base y su capacidad de devolver con potencia le dieron relevancia ante una superficie donde la devolución y la adaptación de la línea de base marcan la diferencia.

En Queen’s demostró que puede jugar con consistencia y que sabe aprovechar los cambios de ritmo para incomodar a sus rivales. Ya mirando a Wimbledon, los ojos se dirigen a ver quién puede pegar ese salto de calidad en el pasto. Entre los hombres, la lógica se apoya en el vigente campeón defensor Jannik Sinner y en Novak Djokovic, que siguen marcando la ruta. Pero también hay nombres a vigilar: el estadounidense Ben Shelton, los checos Jakub Mensik y Jiri Lehecka, el canadiense Félix Auger-Aliassime y el italiano Flavio Cobolli, todos ellos con condiciones para desenvolverse bien en una superficie que solo se juega cinco semanas al año.

En el lado femenino, el abanico de favoritas es más amplio. A modo de referencia, destacan Elena Rybakina y Barbora Krejcikova (ganaron Wimbledon en 2022 y 2024, respectivamente), Elina Svitolina, Karolina Muchova y Marta Kostyuk; también deben considerarse la austríaca Anastasia Potapova, la croata Donna Vekic, la checa Marie Bouzkova y la estadounidense Madison Keys.

Y, por supuesto, la pregunta sobre Aryna Sabalenka e Iga Swiatek, la número 1 del mundo y la campeona en 2025, añade una dosis de incertidumbre: Sabalenka ha mostrado altibajos en superficies rápidas tras su salida de Roland Garros; Swiatek, por su parte, llega con un camino irregular en canchas lentas, con metas claras pero con sombras que aún pueblan su temporada.

Son nombres que alimentan la expectativa y que, en un torneo tan cargado de historia como Wimbledon, pueden desequilibrar la balanza en cualquier momento.

La mesa del pasto está servida y el gran torneo ya está a la vuelta de la esquina. Para unos, es una época muy provechosa para reafirmar su estilo; para la mayoría, un periodo que parece eterno hasta que llega la primera victoria que da confianza.

Pero, como decían los viejos maestros, la clave está en atreverse: el césped es un terreno que premia el atrevimiento tanto como la precisión. Y si alguien dejó una lección clara en 1974, fue Guillermo Vilas cuando, en el Masters de Kooyong, afirmó con humor y sabiduría: “El pasto es un poco para las vacas y un poco para el tenis”.

Esa mezcla de rusticidad y técnica sigue guiando a los jugadores que se atreven a mirar al césped de frente, a los que entienden que cada punto en Wimbledon es una pequeña historia que puede cambiar una carrera entera.