El Chino Zelarayán, de Córdoba, guía a Belgrano al título histórico en Primera División tras volver al club de sus amores. Un campeonato soñado que llega tras años de aventura internacional y una lucha de corazón y pertenencia.

Desde pequeño, Lucas Zelarayán, conocido entre los hinchas como el Chino por la forma de sus ojos, soñó con ver a Belgrano levantar la Copa. Nacido en Residencial Oeste, en Córdoba, creció entre la afición del club de sus amores y terminó haciendo realidad ese sueño, no solo como jugador, sino asumiendo el honor de ser capitán.

A los 33 años —con casi 34 a la vuelta de la esquina—, el Chino cerró un círculo que parecía imposible cuando se fue a buscar mejores horizontes fuera de Argentina.

Tras casi una década de deambular por el exterior, con una experiencia que incluyó la selección de Armenia, Zelarayán volvió a su casa a principios del año pasado y, el domingo, en el Kempes, levantó la copa que tanto deseaba.

La imagen de ese momento, abrazado por su entrenador, Ruso Zielinski, y Luifa Artime, presidente del club, resume lo que significó esta conquista: un regreso que se convirtió en el triunfo de todo un barrio.

“Siempre tuve la misma ilusión. Desde que era chico y venía a la cancha soñé con ver a Belgrano campeón. Cuando empecé a jugar y me tocó irme, siempre dije: ‘Voy a tratar de volver joven para ayudar al equipo a lograr un título en Primera’. Y lo logramos. Es inexplicable. Volví para esto”, dijo el Chino, emocionado, en la conferencia posterior a la final. Y añadió: “Tenemos que creer en la fuerza de este equipo, con el empuje de la gente y el sentido de pertenencia”. El triunfo por 3 a 2 ante River no solo dio el título, también convirtió a Zelarayán en la figura de una historia que parece sacada de una película: un chico que regresa a casa y transforma cada golpe de jefe en una celebración de la gente que lo acompañó en cada paso.

La trayectoria del Chino es un mapa de viajes y retornos. En 2015 fue transferido a Tigres de México, donde dejó huella, y después pasó por Columbus Crew en la MLS y Al Fateh en Arabia Saudita. Regresó a la Argentina en enero de 2025, con la idea clara de que lo importante no era cuánto tiempo tardaras en volver, sino que el regreso valiera la pena para Belgrano.

En la casa de sus padres, aún se conserva la foto de su primer gol en Primera, logrado frente a River en el Kempes y que marcó el inicio de un vínculo que pasó de la promesa a la realidad.

El Chino tiene una mochila que va más allá de la cancha. Es hijo de Mario y Liliana, dos trabajadores que le enseñaron desde pequeño el valor del esfuerzo. La familia siempre estuvo unida a Belgrano: cinco hermanos, fines de año con escapadas a San Francisco del Chañar y una abuela, Delly, que, como un talismán, lo empujaba desde el cielo en cada triunfo.

En Córdoba, la historia de Zelarayán no es solo la de un jugador, sino la de una generación que creció entre mural en Residencial Oeste y la esperanza de ver a Belgrano en lo más alto.

La estampa de la celebración dejó ver a un Célear que se entregó por completo: la caravana celeste, el rugido de la hinchada, y la promesa de que la ciudad ya no era la misma.

El Chino, en su tribuna más íntima, confesó que la victoria no fue un hecho aislado, sino la culminación de años de esfuerzo: “Fue una película”, resumió, y esa frase parece convertir la carrera de Zelarayán en un ejemplo para la gente que sueña con volver a casa para transformarla.

El mural en su barrio, la necesidad de darle una estatua a un ídolo para que las nuevas generaciones vean que los sueños se cumplen, y la certeza de que Belgrano dio una gran vuelta a su historia, son parte de un legado que va más allá de este título.

La final ante River, con un marcador de 3-2, quedará en la memoria de los aficionados cordobeses. Zelarayán no solo levantó la copa; escribió un capítulo nuevo en la biografía de Belgrano y consolidó su figura como capitán, referente y símbolo del orgullo de la ciudad.

Y, al mirar hacia el futuro, nadie duda de que este triunfo abrirá puertas para nuevas generaciones que sueñan con el césped del Kempes y con esa posibilidad de decir, algún día, que también ellos fueron parte de una historia que empezó en un barrio de Córdoba y terminó en la historia grande del fútbol argentino.