Diego Maradona dejó una marca imborrable en el México 1986, pero no solo para los argentinos: los mexicanos que allí estuvieron cuentan cómo vivieron ese día, entre calor, nervios y una historia que se volvió eterna.

El calor agobiante y la humedad no fueron excusas para un Diego Armando Maradona de apenas 25 años que parecía capaz de volar. Aquel 22 de junio, en el estadio Azteca, el mundo quedó mirando medio sorprendido y medio incrédulo a un delantero que dejaba a los ingleses no sólo fuera de juego, sino sin palabras.

Cuarenta años después, los mexicanos que estuvieron allí siguen contando que aquello no fue sólo un gol; fue una experiencia colectiva, un momento en el que el fútbol parecía evaporarse y convertirse en relato para la historia.

César Bailón, sentado en un bar de Colonia Roma, me lo resume así: desde el primer recorte ya todos pensábamos que la jugada terminaba en gol; la gente se levantaba de los asientos, el estadio entero estaba en pie, y el ruido era un murmullo que iba creciendo como una ola.

Bailón no era consciente de la magnitud de lo que estaba por ocurrir, pero sí sabía que aquello era enorme. En la misma mesa, otros dos amigos, César Ahumada y Santiago Pérez, coinciden en que el ambiente estaba cargado de tensión: las barras de los dos bandos podían explotar en cualquier momento, y la violencia parecía un telón de fondo que nunca se sabe cuándo sube al escenario.

La segunda muestra de brillo llegó cuando Diego dejó atrás a un defensa alto y a un arquero inglés que, se dice, veía venir el truco de la suerte.

El segundo gol, que muchos identifican como un suspiro de genio, dejó para siempre aquella pregunta: ¿cómo lo hizo? En la mesa, Barbosa, que también estuvo allí con apenas 19 años, relata que se le erizó la piel cuando Maradona se quedó mirando al árbitro de línea; todos se preguntaban si la jugada merecía ser sancionada o no, pero la historia ya estaba escrita en ese instante: el segundo gol era menos un balón que una obra maestra.

Entre recuerdos, siempre emerge la parte humana: la logística del viaje, la caminata desde la estación de metro, las cámaras buscando a los mexicanos que llevaban banderas argentinas por si acaso.

Pérez, oriundo de Córdoba pero con raíces en México, confiesa que sus familiares le habían pedido no ir por las posibles trifulcas, pero la emoción pudo más: “esa fue la tarde en la que, sin buscarlo, nos convertimos en partícipes de una historia mayor”.

Y sí, ese día el estadio dejó de ser un simple escenario para convertirse en un libro abierto. Porque aquello que nació como una jugada aislada terminó siendo un relato que se repetía en bares y plazas: la “mano de Dios” y el gol del siglo, dos momentos que, a ojos de los mexicanos, no pertenecen a una sola nación, sino a la memoria compartida del fútbol.

Pero no todo fue fiesta: el partido entre Argentina e Inglaterra dejó claro que el fútbol también tiene su lado áspero. La gente recuerda las discusiones, las peleas entre barras y las advertencias de la familia para no exponerse a incidentes. Aun así, lo que perdura es la emoción: cuando Maradona inició la jugada, muchos en la grada sabían que estaban frente a algo extraordinario, y cuando terminó, el abrazo entre argentinos y mexicanos quedó como un gesto de hermandad improvisada ante un instante que parecía imposible.

Hoy, 40 años después, esos testimonios siguen vivos. Decimos que el fútbol es una historia contada en goles, pero en México 1986 quedó claro que también es una experiencia compartida: calor, nervios, esperanza y, sobre todo, el recuerdo imborrable de ver a un talento convertir lo imposible en realidad.