La selección japonesa, guiada por Hajime Moriyasu, derrota 1-0 a Inglaterra en Wembley y refuerza su estatus de candidato a grandes retos en el Mundial, con una generación de futbolistas cada vez más presente en Europa y un estilo disciplinado de contragolpe.
Parado en uno de los costados del césped de Wembley, Hajime Moriyasu se dejó llevar por la emoción sin que se le cayeran las lágrimas, aunque en su rostro se intuía la conmoción.
Su Japón acababa de vencer 1-0 a Inglaterra, una victoria que no solo sabe a triunfo, sino a un mensaje claro para el Mundial: están preparados para competir contra cualquiera.
El encuentro, celebrado el pasado 31 de marzo, dejó ver un equipo que, con disciplina y convicción, sabe explotar sus fortalezas ante rivales de renombre.
Moriyasu, con paso sereno pero mirada firme, recordó que cuando llegó a probarse en el Manchester United hacía años, muchos dudaban de que un equipo de Asia pudiera competir a ese nivel.
Hoy, Japón es una presencia sólida en las Copas del Mundo y parece haber encontrado una fórmula para sostener esa ambición: un fútbol planificado, con un colectivo que se conoce a la perfección y una idea táctica que se adapta a diferentes rivales.
El 1-0 ante Inglaterra, en un Wembley que recibió a los de Tuchel, dejó claro que Japón no está para dar sobras. Muchos analistas y, entre ellos, Lionel Scaloni, ven a la selección nipona como una de las diez candidatas posibles para avanzar en un Mundial. Las estadísticas que dirige Moriyasu sólo refuerzan esa tesis: desde que asumió el mando en agosto de 2018, Japón no ha perdido ante rivales europeos en 104 partidos disputados, con un balance que invita a soñar.
En la conversación previa al partido, Moriyasu dejó claro que su equipo no sólo juega con un plan, sino que está preparado para cambiar de sistema sin perder la identidad.
La estructura de juego de Japón se apoya en la cohesión, la disciplina y la capacidad de sacar ventaja de los contragolpes. Esa filosofía ha dado resultados: 73 triunfos, 14 empates y 17 derrotas en 104 encuentros, cifras que hablan de un proyecto sostenido a lo largo del tiempo.
Y frente a rivales de Europa, la balanza es especialmente favorable: ocho victorias y un empate, nadie duda de la peligrosidad de un equipo que sabe cuándo apretar y cuándo contener.
La lista de jugadores que representa la nueva exportación japonesa a Europa es extensa y significativa. Hiroki Ito (Bayern Múnich), Ko Itakura (Ajax), Takehiro Tomiyasu (Ajax), Daichi Kamada (Crystal Palace), Takefusa Kubo (Real Sociedad), Ritsu Doan (Eintracht Frankfurt), Keito Nakamura (Stade de Reims), Daizen Maeda (Celtic), Ayase Ueda (Feyenoord) y Yuito Suzuki (Friburgo) destacan como ejemplos de un movimiento que fortalece a la selección.
Pero no todo son buenas noticias: el capitán Wataru Endo (Liverpool) tuvo que dejar el encuentro por lesión, y su retirada dejó a Moriyasu con un pequeño revés en el grupo.
En el plano táctico, la premisa japonesa sigue siendo la de “plantarse” con solvencia y aprovechar las transiciones. Es un estilo que, más allá de los nombres, se apoya en una mentalidad colectiva, en la que la defensa es orden y cada delantero sabe cuándo acelerar.
Esa combinación de orden y astucia ha permitido a Moriyasu sostener una estadística de rendimiento que contrasta con la presión de un Mundial que se aproxima.
Una de las victorias más resonantes en su etapa al frente fue la ajustada 3-2 frente a Brasil, ya con Carlo Ancelotti en el banquillo de los cariocas.
Aquel triunfo reforzó la idea de que Japón puede competir contra cualquier campeón y que su futuro no depende de un solo encuentro, sino de una continuidad que lo ha llevado a soñar con cuartos de final y, quién sabe, algo más.
Moriyasu, en Wembley, fue claro sobre la ambición: “Si mantenemos este nivel y nos fijamos metas altas, las podemos lograr”.
Con este resultado, Japón encara el siguiente tramo con la mirada puesta en Dallas, donde debutarán frente a Países Bajos, el rival más duro del grupo.
El choque en Estados Unidos no sólo será una prueba deportiva: será una constatación de que la generación actual está lista para mirar a Europa y ser protagonista en el escenario mundial.
En definitiva, el encuentro de Wembley simboliza más que un triunfo aislado; es la prueba de un proyecto que quiere convertir cada reto en un paso hacia adelante y que, ante la adversidad, sabe sostener la idea de que Japón puede competir de igual a igual con las grandes potencias del fútbol.