Marruecos perdió la final de la Copa Africana de Naciones ante Senegal y ahora centra sus esfuerzos en el Mundial 2026 en Norteamérica, mientras el país procesa la derrota y celebra el crecimiento del fútbol africano.

En Rabat, la capital de Marruecos, estas mañanas de enero fueron frías y lluviosas, con el termómetro que se quedaba por debajo de los 10 grados. Pero cuando brilla el sol, la ciudad ofrece una experiencia agradable entre turistas y locales que recorren sus calles limpias y seguras, repletas de historia y de un futuro que se siente cercano.

La metrópoli donde reside la familia real no presume de rascacielos, salvo la Torre Mohamed VI, de 250 metros, que encabeza la lista de alturas del continente y que parece apuntar al cielo junto a oficinas, hoteles y residencias de lujo.

El paisaje se define entre el mar que se vislumbra al fondo y la puesta de sol que se asoma en la otra orilla, interrumpido solo por las torres de las mezquitas y por las grúas que no dejan de moverse.

Es un marco de belleza que, sin embargo, quedó empañado por la derrota del domingo, un golpe duro para un país que sueña con más triunfos en el futuro cercano.

La caída de la selección marroquí ante Senegal en la final de la Copa Africana de Naciones fue tan escandalosa como emocionante y dejó a la nación en una mezcla de tristeza y orgullo, consciente de que el camino hacia el Mundial 2026 en Norteamérica, donde Marruecos debuta frente a Brasil, será una nueva prueba de temple y crecimiento.

Y más allá de ese torneo, la planificación para el año 2030 mantiene vivas las aspiraciones de un continente que quiere protagonismo compartido, con la idea de atraer más atención y recursos para el desarrollo del fútbol.

Como despedida oficial de este capítulo, el equipo subcampeón visitó el palacio real, donde fue recibido por el príncipe Moulay Rachid, hermano del monarca.

A la cita también acudió Walid Regragui, el entrenador que, más allá de discusiones sobre su continuidad, intenta rescatar a una plantilla que atravesó un momento anímico complicado.

En las imágenes difundidas por la TV local se ve a Brahim Díaz, recordando aquel penal que dejó secuelas en la confianza del grupo, y a Achraf Hakimi, el líder y capitán que no logró asumir la responsabilidad del remate decisivo.

Hakimi, sin embargo, mostró gratitud hacia la familia real y hacia el público, y dejó claro que el equipo mira hacia adelante, con la idea de fortalecerse para los retos venideros.

A 3.000 kilómetros hacia el sur y con muchas más cifras en la mente de los aficionados, la capital de Senegal, Dakar, celebró a lo grande el Rabatazo: un triunfo que ya forma parte de la leyenda y que llenó las calles de música, colores y una alegría que parece imposible de apagar.

En Bambali, el pueblo natal de Sadio Mané, el astro de la selección senegalesa ha construido hospitales, colegios, casas, una oficina de correos y una antena para Internet; un legado que se suma al éxito deportivo y que simboliza una inversión social que inspira a otros rincones del continente.

Mané, con pasado en Liverpool, llevó la gloria a su país y a su región, coronando una trayectoria que comenzó en un entorno humilde y que ha terminado por convertirse en un faro de esperanza para millones.

El sprint de la celebración también dejó suresullos: la batalla comunicativa se desató cuando circuló una noticia falsa sobre una muerte en los incidentes del domingo.

El Gobierno corrective y las autoridades desmintieron rápidamente la información, dejando claro que no hubo víctimas de esa magnitud y que la seguridad se mantuvo en todo momento.

En cuanto a lo disciplinario, aún hay cuyo veredicto sobre sanciones por abandonar la cancha no está cerrado, y las discusiones sobre responsabilidad siguen abiertas entre federaciones y comités organizadores.

En el plano mediático, voces analíticas destacaron el papel de Mané como un símbolo de la fortaleza africana, con Rio Ferdinand subrayando que