Retrato de Alberto Poletti, conocido como el Flaco, y su papel clave en Estudiantes durante la década del 60, la colaboración con Zubeldía y Bilardo, el camino hacia la Libertadores y la Intercontinental, y su vida tras el retiro.

Alberto Poletti, conocido entre hinchas y periodistas como el Flaco, atraviesa la memoria con la misma precisión con la que atajaba en su mejor momento.

A sus 79 años conserva una lucidez para contar historias que parecen hechas para un guion, pero son parte de su vida real: la de un arquero que acompañó a Estudiantes de La Plata en una era de cambios, desafíos y triunfos.

A pesar de las molestias físicas propias de la edad —dos prótesis de cadera, problemas en la columna y en las rodillas—, su voz transmite la seguridad de quien vivió momentos que muchos aún recuerdan con emoción.

Su humor y su tono directo contrastan con la nostalgia que le genera la partida de su perra India, compañera de una década y media. El apodo de “Flaco” le quedó como una etiqueta de su personalidad: audaz, hábil, y con una intuición arrolladora para salir a la cancha cuando más hacía falta.

Su historia futbolística nace en las calles y en clubes de barrio. Empezó en Atlanta y debutó a los 15 años en Sacachispas, una experiencia que le abrió las puertas a una década de transiciones. Fue en Sacachispas donde dio el salto a la Primera y, poco después, terminó integrando un Estudiantes de Zubeldía que, a fuerza de ideas, se convirtió en una referencia del fútbol argentino.

En esa época, Poletti fue parte de una generación que para muchos definió el concepto de “técnica y coraje” en la portería.

La famosa “Tercera que mata” —una etapa en la que jóvenes de Atlético Estudiantes mostraron su valía y se consolidaron como columna vertebral del primer equipo— marcó el inicio de su camino hacia la titularidad.

Allí acompañó a futbolistas que luego serían parte de una constelación histórica: Bilardo, Barale, Spadaro y Conigliaro, con Osvaldo Zubeldía a la cabeza, un entrenador que transformó la idea del fútbol en disciplina, táctica y ambición.

El tren a La Plata, los viajes al country en City Bell y los momentos de concentración en el predio se volvieron parte del ritual diario del equipo, un ritual que Poletti recuerda con detalle y orgullo.

En 1965, ya en la Primera, su nombre se popularizó entre la afición. No fue un camino llano: debió competir, ganarse la confianza del cuerpo técnico y demostrar que podía sostenerse frente a grandes rivales. El club, entonces, se convirtió en una factoría de talento: Verón, Flores, Manera, Madero y tantos otros acompañaron a Poletti en una época en la que Estudiantes marcaba una nueva manera de competir.

La técnica de Osvaldo Bilardo y la intuición de Zubeldía llevaron al equipo a innovaciones como la revisión táctica de los movimientos, el manejo de la pausa y la presión coordinada.

El bicentenario de victorias llegó en la Libertadores de 1967 y se consolidó en las campañas siguientes. En la previa de cada partido, la confianza estaba en la mirada de Zubeldía y en la convicción de un grupo que sabía pelear a pesar de las circunstancias.

Poletti recuerda el tramo de la Intercontinental de 1969 frente al Milan: la intensidad, la presión y la determinación de un equipo que, pese a las diferencias de jerarquía, dejó una huella imborrable.

Esa final y las series previas quedaron grabadas en la memoria de la gente, incluso cuando la historia dejó una página de sanciones y penalidades que, sin embargo, fortalecieron el temple del conjunto y de su portero.

La noche más dura llega cuando, tras la derrota en la Bombonera ante el Milan, Poletti vivió una sanción que lo llevó a Devoto. Fueron 30 días de detención que marcó un episodio negro, pero también una muestra de la intensidad de aquella época. Aun así, su carrera no se detuvo allí: continúó jugando, luego dejó Estudiantes y pasó por Huracán, y hasta vivió una experiencia breve en Grecia con un Olympiakos que lo recibió con veneración.

La lesión en la cadera y las complicaciones físicas llevaron a su retiro a los 27 años, una decisión que, para un arquero de su generación, significó un precio alto, pero no impidió que su figura quedara en la memoria de la afición.

Después del campo, Poletti encontró una nueva vocación: la intermediación y la representación de jugadores. Su mirada didáctica y su red de contactos le permitieron acompañar a figuras como Riquelme en etapas tempranas y a otros nombres que marcaron época en México, Colombia y España.

Entre anécdotas y enseñanzas, recuerda la relación con Bilardo, Zubeldía y el propio mundo de la representación, que para él no fue un negocio, sino una herramienta para sostener el sueño de muchos jugadores.

Hoy, cuando repasa su propia historia, Poletti destaca la importancia de la valentía y el liderazgo en la portería: “el arquero debe tener cabeza fuerte, ser valiente y saber dirigir al equipo, porque la defensa empieza contigo”.

Su legado no está sólo en las atajadas memorables, sino en la mística que dejó Estudiantes: una relación de pertenencia que transforma a cada jugador en parte de una familia que trasciende el tiempo.

Y si bien la vida llevó a otros rumbos, su memoria se mantiene intacta, como un testimonio vivo de una época en la que un equipo chico cambió para siempre las reglas del fútbol.