Análisis detallado de lo ocurrido tras el Superclásico: el penal no revisado, el papel del VAR, la postura de River frente a la AFA y el debate sobre la profesionalización del fútbol argentino.

Tras la derrota en el Superclásico, en Núñez se respira un ambiente de claro-oscuro: por un lado, autocrítica y reflexión sobre el rendimiento del equipo; por el otro, una insistente lectura en voz alta sobre lo que falló en el arbitraje y en la revisión tecnológica.

En la conversación entre aficionados y en la rueda de prensa, se reconoce que River no jugó a la altura de lo esperado, pero las miradas se han departido hacia la jugada final: Lautaro Blanco le gana una disputada tirada a Lucas Martínez Quarta con un empujón fuera de la acción de juego, y el VAR, a cargo de Héctor Paletta, no llamó al árbitro para revisar si era penal.

Boca celebra la victoria en el Monumental, pero quedan dudas sobre si el criterio aplicado fue el mismo en otros partidos igual de polémicos. Este episodio reflota un debate que ya venía de antes: ¿hay consistencia en los criterios del VAR y de los árbitros para que las decisiones sean claras y previsibles?

La discusión va más allá del terreno de juego.

Hace mes y medio, River tomó una postura contundente y dejó de asistir a las reuniones del Comité Ejecutivo de la AFA, alegando que no existen garantías procedimentales suficientes para asegurar un proceso claro y previsible en la toma de decisiones de ese cuerpo.

Además, el club defiende la necesidad de avanzar hacia una competencia profesional con un formato de 20 equipos y de generar los recursos necesarios para que el resto de clubes también siga creciendo.

En otras palabras, el objetivo no es solo pelear por una jugada concreta, sino empujar cambios estructurales que beneficien a todo el fútbol argentino.

El tema del VAR no desaparece con la frase “penal claro”. La discusión pública situó a Paletta, como figura central en la controversia, y a Federico Beligoy, cabeza de los árbitros, bajo el foco de las críticas por la percepción de influencia y por la toma de decisiones en momentos sensibles.

En la esfera institucional, el ex presidente de River, Rodolfo D’Onofrio, lanzó un mensaje contundente en su red social: “El penal fue claro y el VAR no llamó para observarlo.

¿Habrá justicia? Todo está en duda.” Sus palabras añadieron tensión a un escenario ya áspero, y reforzaron la idea de que la relación entre clubes y la cúpula de la AFA está lejos de ser fluida.

El contexto reciente ya había dejado varias huellas. En encuentros previos han surgido debates sobre cuándo se debe llamar al árbitro para revisar jugadas clave y qué criterios deben regirse para evitar sospechas de trato preferencial.

En la previa del Superclásico, Di Carlo, presidente de River, coincidió en reunir a Tapia en el predio de Ezeiza; algunos lo interpretaron como un gesto protocolario, otros como una señal de que la lucha institucional va para largo.

Boca, con su propio énfasis, buscaba consolidar una lectura uniforme de la gestión arbitral y de las decisiones del marco institucional, en un marco en el que el técnico y los directivos miran con atención los movimientos de la AFA y de sus responsables.

En definitiva, lo ocurrido tras el Superclásico dejó claro que la conversación sobre el futuro del fútbol argentino no se agota en un resultado. River y Boca, a su manera, comparten la inquietud por un fútbol más transparente, con reglas claras, una aplicación equitativa del VAR y un formato de competición que fortalezca a todos los clubes.

Mientras tanto, el ruido continúa fuera del campo: debates, tuits, reuniones y la sensación de que el reloj institucional necesita avanzar para que las decisiones lleguen con menos dudas y más certezas.