La Bombonera vivió un final tenso entre Boca y Cruzeiro, con un fallo arbitrales controversial en la última jugada y un VAR que dejó decisiones discutidas. Paredes, Morales y Úbeda expresaron su frustración, mientras el equipo buscará mantener la fe en la competición.
La Bombonera no quiso saber de medias tintas cuando el partido entre Boca y Cruzeiro se acercaba a la conclusión. El ambiente estaba tenso, con el público empujando y con Boca reclamando cada detalle. En ese marco, Leandro Paredes encaró cara a cara al árbitro Jesús Valenzuela y, entre gestos y un tono exasperado, le dijo algo como que no estaba para cubrir errores ni para boludear con las decisiones.
El momento quedó registrado en el directo y en la memoria de quienes estaban dentro del estadio. A su lado, Lautaro Blanco dio un paso al frente para preguntar si las dos manos de un rival habían sido apretadamente visibles o si, por el contrario, la jugada no merecía revisión, y Claudio Úbeda, el entrenador, se sumó a las protestas junto al banco de Boca.
La clave de la polémica estaba en una acción casi al final del partido: un centro desde la izquierda de Blanco buscaba a un delantero, Ángel Romero, que buscó cabecear y terminó desviando el balón hacia atrás.
En ese trayecto, la mano izquierda de Romero, extendida, tocó ligeramente el balón tras salir del área chica. Fue una jugada que, a ojos de Boca, debería haber sido sancionada como pena máxima; sin embargo, el árbitro no llamó al monitor para revisar la jugada, algo que generó incredulidad entre los jugadores y la afición.
Se decía que iban 12 minutos de juego cuando faltaban 9 por añadir, y la incertidumbre se apoderó del ambiente mientras Mina Arteaga, el otro oficial, no convocaba al tótum revolutum de la revisión.
El clamor de Boca fue unánime y persistente.
No fue la única escena que alimentó la controversia esa noche. El VAR también tuvo peso en otras decisiones: anular y luego dejar a un paso de la expulsión a un jugador de Cruzeiro, y permitir el empate de los brasileños.
En el segundo acto, una jugada de Merentiel terminó con una supuesta mano que habría impedido un segundo gol; la repetición no dejó una lectura inequívoca, pero la sensación fue que hubo contacto que podía haber cambiado el desarrollo del partido.
Desde la cucaracha —como se comentaba en el vestuario— se avisó al árbitro para que revisara la acción, pero terminó siendo un detalle que ni Boca ni Cruzeiro pudieron imponer como determinante.
A nivel institucional, el partido dejó claro que el VAR funciona como una herramienta clave para el resultado, aunque no siempre con el mismo rigor para todos los casos.
En el caso de Gerson, la revisión terminó por expulsarlo tras una plancha a Paredes, lo que fue un alivio para Boca en ese periodo, ya que permitió que el equipo se mantuviera en el encuentro.
En el frente contrario, el gol del empate de Cruzeiro fue convalidado después de la revisión correspondiente.
Tras el pitido final, Paredes insistió en un análisis más amplio de lo ocurrido: “El primer tiempo fue bueno y en el segundo nos costó un poco.
Dependemos de nosotros y eso es bueno. Hay que transmitir tranquilidad porque jugamos de local y con nuestra gente”. Braida, otro de los protagonistas, sumó su lectura: “Estas jugadas caen en un gris y parece que siempre nos terminan perjudicando”. Por su parte, Úbeda no ahorró críticas y dejó claro que el límite entre lo correcto y lo cuestionable, a veces, marca el destino de un partido: “La postura del árbitro fue perjudicial para nosotros.
No hay sustento para defender la jugada. Debería haber premios y castigos para los árbitros”.
Así, la noche en la Bombonera dejó un claro mensaje: la Libertadores 2026 no regala nada y las decisiones arbitrales siguen marcando el pulso de cada encuentro, dejando para el análisis público y la memoria de sus protagonistas un episodio más para recordar en la larga historia entre Boca y Cruzeiro.