Una mirada pausada a cómo la MLB está redescubriendo el valor de los lanzamientos tradicionales frente a la obsesión por la velocidad. El artículo recorre desde el legendario Bloody Sock Game de Curt Schilling hasta una nueva generación que apuesta por el control, la táctica y movimientos que no dependen solo de la velocidad.

Eran las 8:19 de la tarde del 19 de octubre de 2004 cuando Curt Schilling, con 37 años a cuestas, se subió al montículo para el Juego 6 de la ALCS, listo para ofrecernos una actuación que quedaría grabada en la historia.

Iba con un desgarro en la vaina del tendón del tobillo derecho, la sutura visible para darle estabilidad, y aun así dejó una estampa de valentía que terminó por coronar a los Red Sox en esa campaña.

Ganó 4-2 y, como en toda buena historia, el gesto quedó inmortalizado: el Bloody Sock Game. Aquel año, Schilling cerró la temporada con balance de 21-6 y 226.2 innings lanzados, y su secreto no fue la velocidad, sino la inteligencia de su repertorio, con un splitter devastador y un control que hacía que los rivales se debatieran entre incordiarle la zona o perder la paciencia ante su dominio del movimiento.

Hoy, en abril de 2026, la tarea de lanzar a 100 millas por hora (mph) parece haberse convertido en una obsesión que ha traído más lesiones que certezas.

Sin embargo, la elite actual está encontrando en el pasado un mapa para el futuro: recuperar lanzamientos que brillaron en las décadas de los setenta y ochenta para engañar a bateadores que ya no se sorprenden tanto por la velocidad sino por la capacidad de mover la pelota con precisión y ritmo.

La velocidad como norma llegó a la MLB gracias a dos factores clave. En primer lugar, la irrupción de Aroldis Chapman, cuyo pico de velocidad lo llevó a impresionar a los fanáticos desde su llegada en 2010, con registros que rozaban e incluso superaban las 105 mph.

En segundo lugar, la llegada de Statcast en 2015 convirtió el dato en una herramienta de análisis capaz de convertir la velocidad en una promesa de rendimiento previsible.

Demostraciones con datos mostraron que un lanzamiento a 100 mph puede reducir la velocidad de salida del bate y, por tanto, contener los jonrones, lo que convirtió esa cifra en una especie de norma no negociable.

En conjunto, la recta promedio pasó de 91.9 mph en 2008 a 94.6 mph a comienzos de 2026.

En 2025, el tope histórico se tocó: cada uno de los 30 equipos tenía al menos un lanzador con veloces curvas alrededor de los tres dígitos. Pero esta avalancha de potencia ha dejado una consecuencia: los bateadores modernos han aprendido a neutralizar rectas planas si no están acompañadas de una secuencia inteligente o de un truco detrás de la pantalla.

¿Por qué se lesionan más los lanzadores hoy? Un mito persistente asociaba el splitter o forkball a daños en el codo, pero la biomecánica moderna lo desmiente.

Glenn Fleisig, del ASMI, señala que el splitter genera menos torque en el codo que una recta de cuatro costuras al máximo esfuerzo. El verdadero culpable es la velocidad extrema sostenida, que eleva el estrés en el codo y el hombro. Un incremento de 1 mph en la velocidad aumenta el riesgo de lesión entre un 15% y un 20%, dicen los estudios.

Un informe oficial de 62 páginas, publicado por la MLB a finales de 2024, concluye que la búsqueda implacable de velocidad y rotación extrema ha sido un motor directo de la epidemia de cirugías de Tommy John.

Este desequilibrio biomecánico, junto con los periodos de trabajo cada vez más intensos, ha reducido la durabilidad de las carreras modernas: los jugadores que debutaron en 2020 registran una esperanza de vida profesional de apenas 3.19 años, frente a 6.95 años de quienes debutaron en 2000.

Curiosamente, la solución no pasa solo por Estados Unidos. Asia retiene una tradición que no abandonó el splitter y el forkball. En Japón, estas armas se siguen considerando herramientas de control que reducen el estrés del brazo frente a la necesidad de torsiones agresivas. Y así, en 2026, solo el 6.9% de las aperturas superan los 100 lanzamientos, mientras que el abridor típico se mantiene entre 5.0 y 5.7 innings por salida. Aun así, algunos nombres de la escena japonesa, como Shota Imanaga o Yoshinobu Yamamoto, destacan por su capacidad para lanzar más de 100 veces gracias a su dominio de movimientos verticales y cambios de velocidad que confunden a la retaguardia del bateador.

Entre las historias que se citan para entender la dinámica actual está la de R. A. Dickey, cuya knuckleball de 2012 demostró que la inventiva puede vencer a la pura velocidad. A los 37 años, este lanzador convirtió una trayectoria que parecía imposible en un Cy Young, gracias a una bola que se movía con imprevisibilidad y control extremo.

Dickey demostró que el oficio no se mide por el veloz zumbido de una recta, sino por la capacidad de manipular el tiempo y el contacto con la pelota.

Tras esa década ambigua, la MLB parece estar volviendo a una especie de renacimiento del arte en el montículo: una élite que valora el tempo, la ubicación y la engañifa por encima de la mera aceleración.

En 2026, surgió un pequeño club de abridores que desafía la norma: Paul Skenes, con su “splinker” y una curva 12-6 de alto impacto; Dylan Cease, que recuperó la efectividad gracias a un cambio al estilo Bugs Bunny; y otros como Nolan McLean o Yoshinobu Yamamoto, que combinan control y creatividad para mantener actuaciones largas sin rendirse ante la tentación de lanzar a ultravelocidad.

Si nos preguntamos qué hace especial a los lanzadores de hace más de 20 años, la respuesta tiene que ver con el arsenal disponible. Hoy la mayor parte de los lanzadores depende menos de una recta devastadora y más de la mezcla: una curva que corta el aire, un splitter que desorienta, un cambio que engaña y, sobre todo, el dominio del tiempo.

Los grandes equipos que han apostado por dejar trabajar a sus abridores después de la sexta entrada muestran que la durabilidad, más que la potencia bruta, puede marcar la diferencia en la era de las estadísticas.

Tres décadas después del Bloody Sock Game, el montículo parece volver a su sentido original: exigir a la mente y al brazo, no solo a la velocidad, para crear pitchers que, como en el pasado, se convierten en artistas capaces de decidir un partido por la sutileza de su oficio.